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Sana curiosidad

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES / catón

17 Ago. 12

Rosibel se inscribió en un club nudista. Ahí conoció a un hombre y se casó con él. Le preguntaba después una amiga: "¿Te enamoraste de Peloticio a primera vista?" "A segunda -confesaba ella-. Primero le vi la cara"... Babalucas era mesero. Aquella mañana estornudaba mucho, y le escurría la nariz. Le preguntó el cliente a quien en ese momento atendía, un médico: "¿Tiene sinusitis?" "No -responde Babalucas-. Nada más lo que está en el menú"... Susiflor lanzó un hondo suspiro en medio del amoroso trance, y luego le dijo a su galán: "¿Verdad, Libidio, que la luna está hermosa?" "Perdona -respondió el muchacho sin dejar de hacer lo que estaba haciendo-. En este momento no estoy en posición de opinar"... Sir Lancelot regresó de las Cruzadas después de una larga ausencia. Días después le preguntó su fiel escudero: "¿Qué fue lo primero que hicisteis, mi señor, al llegar a vuestro castillo?" Responde Lancelot: "Antes que nada le hice el amor a mi esposa". "¿Y luego?" -pregunta el escudero. Contesta Lancelot: "Luego me quité la armadura, el yelmo, las espuelas..." ... La señora bajó a la sala donde su hija estaba con el novio. En ese momento la muchacha se componía la ropa, y lucía una sonrisa extática. "Dime, Afrodisio -le pregunta con suspicacia la señora al chico-. ¿A ti se te debe esa sonrisa que veo en Rosilí?" "Bueno, señora -responde orgulloso el galancete-. Creo que puse una parte muy grande"... "Y recuerda, Junior -amonestaba el padre de su familia a su hijo de 20 años-, que el dinero no sirve para comprar amor". "Pero sí para rentarlo, ¿no?" -aventura el muchacho... "¡Hasta dónde ha llegado la disipación de las costumbres! -le dice muy enojado mister Hornblower a su esposa-. Oí en el café la conversación de unos jóvenes que estaban en la mesa de al lado. Según ellos, en este pueblo todos los maridos son cornudos, menos uno"



La señora pregunta muy intrigada: "¿Quién será?"... No sé qué habría dado por estar aquella noche en Bellas Artes. Un pequeño detalle, sin embargo, estorba mi deseo: aún no había nacido yo. Era el año de 1931 -80 se cumplieron ya-, y estaba anunciada la presentación de Anna Pavlova, quien bailaría una de sus más grandes creaciones: La Muerte del Cisne. Por desgracia unos días antes, el 23 de enero, la famosa diva del ballet murió en La Haya. Aquella función, entonces, fue hecha en su homenaje. Al término de la velada las luces del teatro se apagaron por completo. Edmund Kurtz, el gran cellista de la Sinfónica de Chicago, frecuente acompañante de la Pavlova, para quien interpretaba la hermosa melodía de Saint-Saëns, empezó a tocar la música, y un haz de luz simbolizó la figura de la bailarina en sus evoluciones por el foro. Tras el temblor final de la agonía del cisne, aquel resplandor se fue extinguiendo lentamente hasta desaparecer. He oído decir que la emoción del público fue tal que tardó largos segundos en romper a aplaudir, puesto de pie, la invisible presencia de una artista que no sólo no estaba ahí, sino que ni siquiera estaba ya en el mundo. El arte y el sentimiento obran maravillas. Vuelvo a la prosa cotidiana, y hago una prosaica reflexión: cuando se hizo el presupuesto original del teatro que es hoy de Bellas Artes, el costo de la obra se estimó en 4 millones.

Ya se ve que en esto de las obras públicas no hay nada nuevo bajo el sol. Los técnicos presuponen, los contratistas disponen, y al final llegan los políticos y todo lo descomponen. Así hoy y siempre; igual aquí que en todas partes... Munchkin Halfcock, joven ejecutivo norteamericano que vivía en Chicago, fue a un bar de solteros. Lo acompañaba su amigo Leroy, de raza negra. Bien pronto se les unieron dos muchachas dispuestas a acompañarlos a un hotel cercano. Al día siguiente Munchkin, mohíno, le contó su experiencia a un compañero de oficina. "Las dos chicas se fueron con Leroy" -le dijo. "¿Por qué?" -inquiere el amigo. Explica Halfcock: "Al registrarnos en el hotel nos dijo el encargado que tenía dos habitaciones, una con camas gemelas y otra con cama matrimonial. Le propuse a Leroy que echáramos una moneda al aire para ver quién se quedaba con la matrimonial. Me dijo: 'No hay problema. Dame a mí el cuarto con camas gemelas. Yo sí la llego'. Fue entonces cuando las dos muchachas se fueron con él". (No le entendí)... FIN.

Armando Fuentes Aguirre, "Catón". Nació y vive en Saltillo, Coahuila. Licenciado en Derecho; licenciado en Letras Españolas. Maestro universitario; humorista y humanista. Sus artículos periodísticos se leen en más de un centenar de publicaciones en el País y en el extranjero. Dicta conferencias sobre temas de política, historia y filosofía.

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