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Identidad en cambio

COLABORADOR INVITADO / Michael Crow


Mirando hacia al norte quizá resulte sorprendente para los mexicanos ver a una sociedad estadounidense tan dividida, alegando hoy sobre nuestra Guerra Civil, que coincidió con la estancia del Emperador Maximiliano en México, y sobre las cuestiones raciales y de identidad nacional que aquel conflicto no terminó de resolver.

La odiosa y violenta marcha racista en Charlottesville de la semana pasada fue una tragedia orquestada por grupos supremacistas blancos y neonazis al margen de la sociedad, pero el pretexto para la manifestación la defensa del monumento al General confederado Robert E. Lee es una causa que tiene una sorprendente resonancia en un amplio sector de la población.

El Presidente Donald Trump hizo declaraciones conflictivas al respecto de la marcha, pero fue mucho más claro y preciso al acudir con sus tuits a la defensa de los monumentos a la rebelión confederada, advirtiendo en contra de un excesivo apego por lo políticamente correcto: hoy borramos a Lee, y mañana siguen Washington y Jefferson por haber tenido esclavos -y ni intentemos decir algo bueno sobre Cristóbal Colón-.

Tal es el temor de quedarnos sin historia, y con buena razón, pero también es cierto que a Lee no lo estamos juzgando bajo el criterio de hoy en día, sino con el criterio de su momento.

Él decidió renunciar a su comando en el Ejército estadounidense (donde se había distinguido en la invasión de México) para adherirse a una rebelión cuyo propósito era el desmantelamiento de la república y la preservación de la esclavitud. Otros oficiales estadounidenses de Virginia optaron por oponerse a la rebelión.

Pero dejemos la historia. Al igual que el discurso antimigratorio que hemos presenciado en mi Estado, Arizona, y a nivel nacional, el tema aquí es uno de identidad en un país que se está transformando continuamente.

Si la rebelión confederada se romantiza como la definición de una causa pérdida, el General Lee es ahora el símbolo de otra causa pérdida: la oposición al futuro.

Una minoría importante de estadounidenses teme al futuro, especialmente al paso acelerado con el que se nos aproxima. Esta minoría es predominantemente blanca y menos educada, y el futuro que temen lo ven cada día más multicultural y más sofisticado tecnológicamente.

Estos ciudadanos se sienten víctimas de transformaciones profundas en la sociedad y en la economía, y están disfrutando su empoderamiento político como la base de apoyo de Trump.

La gran mayoría de ellos es gente decente que ama a su país y que tiene debemos admitirlo reclamos legítimos en contra de lo que consideran una élite globalizada.

La élite, definida por sus altos niveles educativos, constituye una nueva aristocracia estadounidense que no ha hecho lo suficiente para democratizar el acceso a la educación universitaria. El costo anual de asistir a las universidades de más prestigio puede exceder el doble del ingreso medio en el país.

Los políticos suelen culpar a extranjeros (ya sean migrantes mexicanos o industrias chinas) por la ansiedad del electorado, pero el motivo real son las revoluciones tecnológicas que requieren que el ciudadano sea cada día más educado si quiere contribuir a la sociedad y economía.

El 20 por ciento de todos los empleos que requieren sólo de un diploma de high school ha desaparecido de la economía en la última década. Mientras tanto, si tomamos la mitad de la población con menores ingresos, sólo el 15 por ciento de personas termina sus estudios universitarios.

Lo que estamos presenciando en Estados Unidos nos recuerda que, al igual que en México, nuestra democracia es un experimento relativamente joven en la experiencia humana. Ha tenido logros importantes, y tiene ya cierta resiliencia, pero no la podemos dar por hecha.

El nuestro es un país de una diversidad sin paralelo, y nos corresponde decidir si eso es algo que nos fortalece o nos debilita. No podemos dividirnos en comunidades de gente como nosotros, sin interactuar con los demás, y con sus narrativas.

La tragedia de Charlottesville coincidió con el comienzo del nuevo año escolar, y yo recibí a nuestros nuevos estudiantes pidiéndoles que consideren nuevas ideas y puntos de vista y que no ignoren cualquier situación que ellos puedan mejorar.

En eso andamos en Arizona State University, desplegando tecnologías para expandir el número de estudiantes que puedan acceder a una educación superior de primer nivel a un costo razonable. Nos enorgullece que el 26 por ciento de los 11 mil 500 "freshmen" que empezaron sus estudios este semestre son de origen latino.

Las democracias sanas no tratan de descarrilar el futuro, sino que se empeñan en preparar a todos sus ciudadanos a disfrutar de su promesa.

 
El autor es presidente de Arizona State University, calificada por US News & World Report como la más innovadora de EU.

 
 

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