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Nostalgia

¿Dónde quedó ese país capaz de construir presas, puentes, carreteras y drenajes monumentales?

Juan E. Pardinas


Hace 40 años mi madre me llevó a sacar mi primer pasaporte. En aquel México hipercentralizado de los años setenta, en la capital del país, sólo se podía sacar el pasaporte en las oficinas centrales de Relaciones Exteriores en Tlatelolco. Recuerdo que el proceso tomaba un día completo, empezaba con filas y ventanillas para hacer los trámites, luego te ibas a comer y regresabas a las cuatro de la tarde para recibir el documento. Cuatro décadas después, me aposté en la oficina de Relaciones Exteriores en Villa Olímpica para hacer un trámite semejante, sólo que ahora me tocó acompañar a la siguiente generación de mi familia para sacar su documento migratorio.

A diferencia de 1977, sacar un pasaporte para un menor de edad en el México del siglo XXI no tomó un día sino tres. En el primer viaje a la oficina de pasaportes en Villa Olímpica, los empleados de SRE, con cortesía y diligencia, explicaron que las máquinas para tomar el registro de datos biométricos estaban descompuestas, por lo cual la espera sería más larga de lo normal. Después de tres horas de infructuosa espera tuve que abandonar el trámite a la mitad, para correr a una reunión de trabajo. Había que empezar de nuevo. En la segunda peregrinación a la oficina de Villa Olímpica todo parecía haber salido de maravilla. En menos de dos horas se habían solventado todos los requisitos y papeles, sólo faltaba regresar por la tarde a recoger el documento. Ahí fue donde se le torció el rabo a la marrana. El pasaporte no estaba listo porque "la máquina no registró las huellas del menor de edad". Había que volver a iniciar el trámite desde cero. La tercera fue la vencida. En la oficina de SRE en la delegación Miguel Hidalgo fue una experiencia de primer mundo. En menos de una hora ya teníamos el pasaporte en las manos.

Creo que Relaciones Exteriores podría aprender mucho de una cadena de restaurantes. En las oficinas de pasaportes mexicanas en unas te ofrecen agua y un lugar para que jueguen los niños y en otras ni siquiera hay sillas para sentarse. En unas delegaciones el trámite es ágil y eficiente y en otras se siente nostalgia por el México del siglo pasado.

Estoy en el Aeropuerto de la Ciudad de México para tomar un vuelo con una aerolínea. Las pantallas de información dicen que mi vuelo saldrá por la puerta 34. Con tiempo y sin prisa me aposento en la sala de espera, pero al pasar los minutos el mostrador del vuelo permanece vacío. Un cuarto de hora antes del supuesto despegue, una voz apenas entendible anuncia que el vuelo saldrá por la puerta 19. Había que hacer un buen sprint de 600 metros para no perder el avión. Al reclamarle al empleado de la aerolínea, recibí una respuesta que sería absolutamente surrealista en otras latitudes del planeta: "Usted no puede confiar en la información que le dan las pantallas. El personal del aeropuerto no está coordinado con la línea aérea, por eso son los cambios de última hora".

Nací en un México donde sacar un pasaporte tomaba un día y donde las pantallas del aeropuerto daban información útil para los pasajeros. Sin embargo, estas molestias son negligencias menores. También crecí en un país donde el asfalto de las autopistas era firme y sólido. No conocí la palabra "socavón" hasta bien entrada mi vida adulta. Hoy este vocablo es fundamental para entender la historia de este sexenio. ¿Dónde quedó ese país capaz de construir presas, puentes, carreteras y drenajes monumentales? México necesita forjar una visión de futuro, pero eso no se podrá lograr mientras la disfuncionalidad del presente genere añoranza por los tiempos que ya se han ido. Esa narrativa del porvenir tiene que fundarse en un análisis crítico del México que tenemos hoy. Donde hay nostalgias queda poco espacio para el discurso de la modernidad.

 
@jepardinas
 
 
 
 

Juan Ernesto Pardinas es Director General del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO). Es doctor por la London School of Economics, tiene una maestría en Economía por la Universidad de Sophia en Tokio, Japón, y una Licenciatura en Ciencia Política por la UNAM.

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