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Venezuela: imposible confundirse

COLABORADOR INVITADO / Alberto J. Olvera


La tragedia venezolana se extiende en el tiempo y profundiza sus costos políticos y sociales. La escalada represiva interna se mantiene, como lo demuestra la prohibición de que salga del país Lilian Tintori, la amenaza de juicio por traición a la patria al líder de la Asamblea democráticamente electa, Julio Borges, y la continuación del acoso a gobernadores, alcaldes, diputados y opositores en general. Increíblemente, el Presidente Maduro, con inaudito cinismo, pretendía dirigirse a la Asamblea General de la ONU, a pesar de que le ha prohibido al Alto Comisionado para los Derechos Humanos de la propia ONU la entrada al país.

Todo lo anterior palidece frente a la magnitud de la terrible crisis económica, social y política que padece Venezuela, que se caracteriza por la caída del PIB en 35% en los últimos cuatro años, la inflación más alta del mundo, el desabasto creciente de alimentos y medicinas, la mayor tasa de homicidios en América Latina, la percepción más alta de corrupción, la represión violenta de la protesta y la anulación de facto del Estado de derecho. Que el régimen sobreviva a pesar de la destrucción de lo que fue el país más rico de América Latina sólo se explica por la instauración progresiva de una dictadura burocrático-militar que, de consolidarse, creará un régimen populista-estalinista que dañará la legitimidad de la izquierda global por muchos años.

La justificación más razonable del apoyo de la trasnochada izquierda global al régimen de Maduro es que hay que salvar el proyecto de "república comunal" impulsado en la segunda mitad del período chavista, que coincidió con la radicalización del populismo personalizado y el colapso productivo. La idea era que el poder político debía ejercerse en forma directa por la ciudadanía, sin mediaciones políticas, lo cual es imposible en el mundo actual. Paradójicamente, al mismo tiempo, se creó el partido único del régimen, el Partido Socialista Unido de Venezuela, que anuló la pluralidad política originalmente contenida en el frente chavista. El partido único es directamente contradictorio con la idea de la República Comunal. No puede haber gobierno directo de los ciudadanos y al mismo tiempo una dirección política nacional monopólica y personalizada, pues ésta termina siendo un suprapoder autoritario. Esta fórmula ya se probó fallida y catastrófica en el siglo XX, pues conduce indefectiblemente al estalinismo.

La ruptura final de la poca institucionalidad democrática que quedaba en Venezuela fue la elección de una "asamblea constituyente", proceso que violó flagrantemente la Constitución de 1999 y fue una evidente farsa electoral. Peor aún, esta ilegal e ilegítima asamblea se arrogó de inmediato poderes absolutos.

Este golpe de Estado de facto no hubiera sido posible sin el apoyo de un ejército politizado y corrupto, que es quien en realidad gobierna Venezuela desde años atrás. El ejército maneja la industria petrolera y la importación y distribución de alimentos y medicinas, así como las divisas. El ejército y el vasto aparato de seguridad constituyen el único Estado realmente existente.

En Venezuela no hay ningún proyecto revolucionario que salvar, sino una dictadura cuya precariedad ideológica y autoritarismo brutal están acabando con los avances sociales y políticos del chavismo originario. El contraste con el caso boliviano debería ser suficiente para aclarar la naturaleza regresiva del madurismo. En Bolivia realmente se ha creado un nuevo régimen político, con novedosos niveles y formas de gobierno local y regional, con autonomías diversas y múltiples espacios de participación popular. El gobierno ha manejado bien la economía nacional. Ciertamente, ha sido clave que el nuevo régimen tiene frente a sí a una sociedad movilizada que ha impedido la personalización del poder. En Bolivia se vive la más grande innovación democrática en América Latina, y ésta se ha logrado junto con el éxito económico y la preservación de la pluralidad y el respeto a los derechos humanos. Notable contraste con la tragedia venezolana.

 
El autor es investigador del Instituto de Investigaciones Histórico-Sociales de la Universidad Veracruzana.

 
 
 

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