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¿Dónde está la derecha?

COLABORADOR INVITADO / Fernando Rodríguez Doval


Atinadamente en estas páginas se ha escrito que sigue siendo políticamente incorrecto reconocerse de derecha en México. A eso habría que añadir que ni siquiera se conoce bien a bien qué ideas defiende la derecha, la cual ha sido sistemáticamente satirizada y caricaturizada. Pero como señala Chantal Mouffe, la anulación de las fronteras entre la izquierda y la derecha compromete el futuro de la democracia porque atenta contra su esencia: el pluralismo.

El pensamiento que comúnmente se considera como de derecha hunde sus raíces en la noción occidental y judeocristiana de la persona como ser único e irrepetible, con alma espiritual y cuerpo material, con inteligencia y voluntad, sujeto de derechos derivados de su eminente dignidad. La derecha piensa, con Leszek Kolakowski, que existen instituciones tradicionales que hacen más llevadera la vida, como la familia, la nación o las comunidades religiosas, y que no hay razones para creer que al destruirlas aumentamos nuestras probabilidades de paz, seguridad o libertad.

La derecha antepone el reformismo al impulso revolucionario; el primero es incremental, funciona a partir de la prueba y error; el segundo es radical y dogmático. La derecha quiere crear riqueza a partir de la iniciativa individual y de la libertad para emprender con respeto a la propiedad privada. Rechaza el intervencionismo sistemático de un Estado omnipresente y postula que éste debe ocurrir únicamente cuando los particulares o las comunidades intermedias no puedan cumplir sus fines por sí mismos. La derecha desconfía de los mesías que prometen paraísos terrenales y planes totalizadores con base en ideologías utópicas y colectivistas; prefiere, en cambio, que cada individuo pueda decidir su destino con libertad, con un Estado de Derecho que garantice el orden y la seguridad.

La derecha considera un valor la igualdad ante la ley, derivada de la igual dignidad de todos los seres humanos. Esta igualdad debe ser de oportunidades, no de resultados: el igualitarismo por decreto castiga el mérito y premia la mediocridad. La disciplina y el esfuerzo son valores sin los cuales el desarrollo y el auténtico progreso son imposibles.

Por supuesto, la derecha no es monolítica: no hay una sino varias. Hay una derecha conservadora que, parafraseando a Michael Oakeshott, prefiere lo familiar a lo desconocido, lo efectivo a lo posible, lo conveniente a lo perfecto, la risa presente a la felicidad utópica. "Los cambios suelen ser celebrados indiscriminadamente sólo por aquellos que no valoran nada, cuyos vínculos son efímeros y que desconocen el amor y el afecto", escribió este filósofo británico al que muchos han considerado el heredero de Edmund Burke. La derecha liberal, por su parte, pone el acento en la autonomía del individuo frente al Estado y considera que el poder político debe ser objeto de limitaciones y controles para que el ciudadano pueda gozar de libertades en materia comercial, educativa o de salud, entre otras; para ello es indispensable no extraer fiscalmente a la sociedad más recursos que los que le pueden ser devueltos. La derecha socialcristiana, a su vez, defiende un modelo de mercado con responsabilidad social y un humanismo integral a partir de una visión trascendente; esta derecha rechaza el confesionalismo religioso pero también el laicismo intolerante que pretende erradicar lo sagrado de la sociedad. Hay también una derecha tecnocrática y utilitarista que suele renunciar a las ideas y la batalla cultural y solamente aspira a dar resultados en su función pública.

Hoy en día, la existencia de una derecha moderna y democrática no solamente es posible, sino también necesaria. Una derecha que defienda en el espacio público valores tan significativos como los de la libertad, la solidaridad, el orden, la subsidiariedad o las tradiciones. Valores con los que, dicho sea de paso, se identifican millones de personas en nuestro país.


El autor es diputado federal del PAN.

 
 
 

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