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Desde mi aula

COLABORADOR INVITADO / Irma Uribe


En la noche del 5 de mayo pasado, fue segada la vida de una maestra inspiradora, Susana Cristina Pérez Martínez, de Sonora. Obtuvo el Premio ABC que entrega Mexicanos Primero a maestros ejemplares, y reunió reconocimientos de todas las autoridades, de las familias, de sus alumnos. Generosa y responsable hasta el final, en día inhábil, trabajando hasta noche en la secundaria pública de la que era directora, fue atacada y asesinada arteramente, al parecer para robar su computadora y sus pocas pertenencias. La tragedia de su partida no oscurece lo luminoso de su legado. Aquí un tributo de su colega:
 
Agradezco la fineza de pasar tu mirada por estas líneas, escritas más con el sentimiento que con el raciocinio. Estoy triste. Me enteré que perdió la vida una maestra ABC. Y no fue por causa natural, sino por obra de un asesino sin escrúpulos.

Sé que nada (¿nada?) puede hacerse ya. Eso me llena de impotencia. Pienso en las causas; las consecuencias están a la vista y las está padeciendo la familia de nuestra compañera.

Fue una maestra... pude haber sido yo... pudo ser una persona cualquiera. El caso es pensar en las causas. ¿Qué motiva a que alguien prive de la vida a un semejante?, ¿con qué derecho?, ¿en qué fallamos como sociedad para posibilitar que hechos como éste sucedan?, ¿cómo podemos evitar que se sigan dando? Como soy maestra, mi pensamiento se va a la educación. A la educación integral humana (no a la saturación de conocimientos en la cabeza), a la educación que obligadamente nos conduce a respetar la otredad. La educación que logra que, desde la fibra más íntima de cada quien, se despierten aprecio, valoración por los demás. Si la educación no logra esto, el individuo tendrá escolaridad únicamente. Tal vez dieces en su boleta, pero ceros en dignidad humana.

Si a los delincuentes se les hubiera educado, cuando eran niños o jóvenes, en el respeto y la dignidad, en la verdad, en la justicia, en la empatía, en la conciencia de la realización del esfuerzo tremendo (a veces casi doloroso) para la consecución de fines nobles, ahora, adultos, no robarían, no engañarían, no harían daño... no matarían.

Pensemos a futuro: ¿Cómo serán nuestros jóvenes y niños dentro de pocos años? ¿La escuela de la vida -y la institucional- les están aportando aquello que les hará seres positivos, útiles a sí mismos y a la sociedad?

Perdóname; es el dolor de una maestra de escuela básica quien habla. Amo a mis alumnos y me duele profundamente sólo el pensar que alguno de ellos, en aras de la conveniencia, cegado por la ambición, llegara a convertirse en delincuente. Sí, sé que son muchos los factores que influyen en la formación o deformación humana (el medio, los medios, la familia; incluso la genética), pero sé que la educación es fundamental. Y sé que mis niños recibirán por única herencia de sus padres la oportunidad de asistir a una escuela pública. Oportunidad que debe ser aprovechada por nosotros, los maestros, para ayudarlos a encauzarse en el camino del bien.

Shakespeare, en Hamlet, dijo: "Algo huele mal en Dinamarca...". Creo que algo huele mal en mi país, pero no voy a fingir demencia para hallar a los culpables. Es mejor que en el futuro no haya a quién culpar de acciones ruines. Me limpio las lágrimas. Entro a mi salón. Hay mucho por hacer.


La autora es docente de literatura en una secundaria pública del Estado de México, ganadora, como la maestra Susana, del Premio ABC 2009.

 
 
 

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