Recibe en tu email las próximas
columnas de Jesús Silva-Herzog Márquez
1 mes
2 meses
3 meses

El nuevo segregacionismo

Jesús Silva-Herzog Márquez


La filosofía de Margaret Thatcher goza de buena salud en México. Sus publicistas nos dicen que la desigualdad no es un problema. Hay que recibirla con gusto como un premio al talento y la creatividad: la justicia económica en acción. No hay vicio en la concentración de la riqueza, dicen. Por eso debemos ver con alegría y sin rencor la recompensa que reciben los campeones del mercado. Se trata del trofeo que merece su esfuerzo, su imaginación, su arrojo. Los reparos a la desigualdad son expresiones de la envidia que sirven solamente para alimentar burócratas.

Los thatcherianos nos llaman a mandar al diablo la discusión sobre la igualdad. Están convencidos de que la palabra misma es maligna. Al pronunciarla sacamos de foco lo relevante. ¿Qué importa que unas cuantas familias tengan la mitad de lo que tiene todo un país? ¿Qué más nos da que un empresario tenga en su cuenta más de lo que podrían sumar a lo largo de sus vidas millones de personas? La desigualdad no es inmoral, ha dicho el filósofo Harry Frankfurt. No debería importarnos la brecha que existe entre los ricos y los pobres. Lo que importa es que todos tengan "lo suficiente". Más que igualar, buscar la eliminación de la miseria. El filósofo que escribió un brillante ensayito sobre el bullshit, esa palabra intraducible que a su juicio equivale al desprecio por la verdad, puede tener razón en el sentido más abstracto: la igualdad desplaza la atención moral a lo que tienen otros. No lo que tengo yo y lo que puedo hacer con mi patrimonio, sino lo que tengo en comparación con el de enfrente.

Frankfurt puede tener razón en ese plano, pero sólo ahí. Que las acciones de Carlos Slim suban o bajen hoy no altera en nada mi condición. Sería absurdo festejar como victoria igualitaria si sus bonos bajaran esta noche. Sería tan cierto como irrelevante decir que si el magnate es un poco menos rico, nosotros seríamos un poco más iguales. Aceptando esta línea, podría pensarse en un eficaz atajo a la igualdad: desterrar a los potentados. Si las diez familias más ricas de México cambiaran hoy de nacionalidad y residencia, mañana despertaríamos más igualitarios. ¿Habría algo que celebrar en esa mudanza?

El problema con este argumento es que se desentiende de la tela que nos envuelve. Porque no vivimos en aislamiento, nuestras posibilidades se miden en relación a las posibilidades que brinda nuestra circunstancia histórica. Es en diálogo con la ciudad, con el país, como trazamos la órbita de nuestra experiencia vital. Qué alimento y qué escuela para mis hijos. Qué caminos laborales tengo abiertos y cuáles me son vedados. Qué expectativa de vida tengo. Con otros y frente a otros dibujamos el aro de nuestros deseos. La desigualdad hace que lo deseable sea imposible para muchos. Por eso la desigualdad, más allá de las maldiciones de la pobreza, es un destierro de la propia patria.

Desigualdad: un grupo diminuto con un poder inmenso. Millones excluidos. A nuestros libertarios les da igual. No se percatan del efecto pernicioso que la disparidad tiene en la mecánica democrática. Tal vez lo celebran. La desigualdad obstruye toda causa pública. ¿Puede realmente negarse el efecto pernicioso que la concentración de la riqueza tiene en la ruina de nuestra educación pública, en el fiasco de nuestras leyes, en el desastre urbano? La desigualdad corroe desde las dos puntas el principio cívico de la convivencia.

El alegato por la desigualdad es la culminación del discurso privatizador. Matar la ilusión misma de un espacio compartido. Ya lo decía su Santa Margarita: la sociedad no existe. Por eso los thatcherianos que celebran la desigualdad nos piden que cancelemos el juicio de la comparación: si tienes lo suficiente, está bien. ¿Qué importa que mueras diez años antes de aquel que nació en el barrio contiguo? Si vives por encima de la marca de la pobreza, no te quejes. Acepta que tus hijos no tendrán acceso a los juegos que tienen los hijos de tu patrón y que no serán capaces de elegir su profesión. No seas envidioso, no sueñes con esos horribles gobiernos opresivos que dan educación de calidad, cuidan las ciudades, garantizan seguridad.

Hay que tener claro que el discurso antiigualitario que empieza a exponerse en público es un programa segregacionista. No es imaginativo porque la segregación es nuestra marca histórica. Lo novedoso es que el segregacionismo ha perdido la vergüenza. Hoy los guetos se defienden con orgullo.

 
http://www.reforma.com/blogs/silvaherzog/
 
 
 
 

Estudió Derecho en la UNAM y Ciencia Política en la Universidad de Columbia. Es profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Ha publicado El antiguo régimen y la transición en México y La idiotez de lo perfecto. De sus columnas en la sección cultural de Reforma han aparecido dos cuadernos de Andar y ver.

FOTOGALERIAS RELACIONADAS

GALERIA MULTIMEDIA RELACIONADAS

GRÁFICOS ANIMADOS RELACIONADOS

NOTAS RELACIONADAS