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  • El artista coahuilense Mario García Torres concibe la idea de que el museo se traslade al espacio público y no el espectador al museo. Foto: Héctor García
  • Parte del trabajo de la exposición "Caminar juntos" se puede ver en el Museo Tamayo de martes a domingo, de 10:00 a 18:00 horas. Foto: Archivo
  • En la instalación "Los límites del desierto", se aprecia una serie de mojoneras con las que García Torres delimita el perímetro del Museo de Arte Sacramento Foto: Archivo
  • García Torres traslada la esencia del desierto coahuilense a la capital. Foto: Enrique Ortiz
  • También en el Tamayo se exhibe una recopilación de sus obras emblemáticas, la mayoría videos. Foto: Enrique Ortiz
  • García Torres es partidario de trasladar el museo a donde se encuentran las obras. Foto: Héctor García

Museo imaginario de Mario García Torres



Lourdes Zambrano
En 2003, Mario García Torres (Monclova, 1975) imaginó un espacio artístico en medio del desierto coahuilense: el Museo de Arte Sacramento. Hoy, ese museo está en la Ciudad de México.

Siguiendo la reflexión y las preguntas que se hizo hace más de 10 años, el artista se interesó en provocar un proceso a la inversa, el museo es el que "viaja" a donde están las obras de arte, en lugar de ser las obras las que se trasladen al museo.

"Declaré que en ese lote de desierto, donde no hay más que tierra y matorrales, era un museo de arte. Fue un proyecto utópico que tenía que generar discusiones con artistas para decir qué es un museo, si necesitamos un edificio o no, en dónde circulan las ideas", explica el artista.

Éste fue el punto de partida propuesto por la curadora Sofía Hernández Chong Cuy para armar un proyecto expositivo en la Ciudad de México, a donde se trasladó ese museo imaginario.

Las 300 hectáreas que supuestamente tenía el museo de Sacramento es la misma área en donde hoy se diseminan las piezas y proyectos en la ciudad para la muestra Caminar juntos, exhibición de arte conceptual recién inaugurada en diversos puntos de la Ciudad de México.

En esa delimitación imaginaria, se encuentran el Museo Tamayo, Casa Vecina, el Hotel Montecarlo, el Museo de Geología, el Centro Cultural del Bosque y la Casa del Cine Mx.

El Tamayo es el que alberga más obras y varias de sus piezas clave, como el video Carta abierta a Dr. Atl, mientras que en Casa Vecina y el Hotel Montecarlo evocará al artista japonés On Kawara.

García Torres ofrece a través de fotografía, video o instalación un replanteamiento personal de la historia del arte contemporáneo.


***

Arte sin muros

Caminar juntos
es la primera gran exposición del artista en la Ciudad de México, a pesar de tener una carrera exitosa desde hace más de una década, presentándose en los lugares más relevantes del arte contemporáneo, como la Bienal de Venecia, Documenta, la Galería White Cube o el Museo Centro de Arte Reina Sofía.

La primera muestra de García Torres fue en una pequeña galería en Monclova, tras terminar sus estudios en la Universidad de Monterrey (UDEM); luego vino la Galería de Arte Mexicano, en 2003. En esa exposición, decretó la creación del Museo de Arte Sacramento.

Como este museo existía, pero no tenía contenido, al "mudarlo" a la Ciudad de México, el artista halló locaciones e historias que dieron pie a los proyectos que presenta ahora, como sucedió con la obra inspirada en Kawara.

García Torres sabía que el artista japonés había vivido en México, porque algunas de las postales enviadas a conocidos y amigos con la hora en que se levantaba cada mañana daban la dirección en donde se hospedaba: Uruguay 69, en el Hotel Montecarlo.

Alrededor del hotel, que aún existe, está el universo que vivió Kawara a finales de los años 50 y principios de los 60, universo que el artista monclovense hoy explora e invita a explorar a través de un video y una sutil intervención en el sitio.

Esta forma de investigar una anécdota en la vida de un artista conceptual o de otra corriente ha sido el sello de la propuesta artística del monclovense desde sus inicios.

"Su trabajo ha sido incursionar en los caminos de otros artistas para poder aprender con ellos, caminando las rutas que han hecho los demás, y creando nuevas rutas. No es aprender de arte, sino aprender con artistas", explica sobre el título Sofía Hernández Chong Cuy.

El proyecto incluye una recopilación de sus obras más emblemáticas, que son las que se exhiben en el Museo Tamayo. Una de éstas es el video epistolar Carta abierta a Dr. Atl, de 2005.

La imagen constante es la Barranca de Oblatos, a las afueras de Guadalajara, sitio en donde se planeaba construir una sede más del Guggenheim. En esta misiva, el artista apela al paisajista para plantearle su preocupación.

"Es una pieza que hice con una urgencia. A nadie le parecía que hubiera nada que discutir, todos estaban felices. A mí me parecía hiperproblemático que pusieran un museo así en Guadalajara".

Fue a grabar a Guadalajara, y presentó el video ahí, porque su intención era abrir la discusión de si era conveniente o no que se construyera el Guggenheim.

"Nunca creí que tuviera mayor trascendencia", confiesa. Tiempo después, el proyecto se canceló definitivamente.

En 2014, casi una década después de haberla creado, la Colección Guggenheim adquirió la pieza.

"Cuando me hablaron para decirme que estaría en la colección, me pareció increíble, me pareció interesante que asumieran la discusión que ellos generaron".


Lo personal aflora

"No me interesa exhibir una obra para que se vanaglorie o que digan qué hermosa, qué bella, le entendí o no le entendí. En esa línea de pensamiento, he tratado de ser cuidadoso con lo que exhibo. En el caso de México, han sido proyectos muy puntuales".

Mario García Torres

"Su trabajo ha sido incursionar en los caminos de otros artistas para poder aprender con ellos, caminando las rutas que han hecho los demás, y creando nuevas rutas. No es aprender de arte, sino aprender con artistas".

Sofía Hernández Chong Cuy
El eje central del trabajo de García Torres siempre ha sido contar, utilizando la narrativa, los cuentos, el microrrelato, señala Hernández Chong Cuy.

Ese espíritu inquisitivo lo lleva a investigar, aunque prefiere entrevistarse con personas que fueron testigos de los acontecimientos, que basarse en libros o documentos. Tras años de trabajo, a veces ya no tiene que ir en busca de historias, ellas llegan a él.

La primera vez que su hermano José García Torres vio una de sus piezas, le dijo que le recordaba los textos que escribía en la preparatoria, que estudió en su natal Monclova.

"Escribía, no en forma de diario, pero le gustaba narrar situaciones muy específicas, un viaje o un momento importante de su vida. Eran cuentos, no eran una obra de arte, ni tampoco lo hacía con pretensiones literarias", cuenta José, quien también es su galerista.

Ni el lugar donde creció, en el centro de Coahuila, ni en el entorno familiar, el arte tenía un lugar central.

Monclova no es un pueblo, pero tampoco es una ciudad, la describe José. Si bien no es pintoresca, tiene muchos lugares cercanos enriquecedores.

Sus papás decidieron apoyarlo para que se fuera a Monterrey a estudiar arte y, con el tiempo, él influyó en su familia.

"Mi mamá terminó siendo voluntaria en el museo de Monclova", recuerda José.

Cuando la galería belga Jan Mot empezó a presentarlo en los circuitos europeos, llamó la atención con sus obras alejadas de cualquier símbolo de mexicanismo, centrado en artistas de los 60 y 70, una forma de trabajar diferente a la de la generación anterior, que José identifica con Gabriel Orozco.

"Mario quiso alejarse de su esencia como norteño, incluso como mexicano. Cuando empezó su carrera quería alejarse de esa identidad, estaba buscando un arte que no hablara de él. Pero, al final, terminan hablando mucho sobre él", explica su hermano.

En este proyecto de la Ciudad de México, García Torres quiso, deliberadamente, hacer algo personal, traer el desierto del centro de Coahuila a la capital.

"Esta exposición es regresar a un lugar. La selección del curador tenía que ver con mantener el gesto íntimo, de volver a casa de alguna manera", comparte el artista.

Su poca presencia en el país a través de exposiciones, admite, se debe a que a veces se ha autosaboteado.

"No me interesa exhibir una obra para que se vanaglorie o que digan qué hermosa, qué bella, le entendí o no le entendí. En esa línea de pensamiento, he tratado de ser cuidadoso con lo que exhibo. En el caso de México, han sido proyectos muy puntuales", dice García Torres.

"Ésta ha sido la primera vez que veo que es coherente poner un número grande de cosas".


Investigador del lado B

En parte por la influencia de su hermano, José se convirtió en galerista, y hoy es quien lo representa, junto con Jan Mot.

Éste tiene bien aprendido un discurso para explicar cómo es el trabajo de Mario, cada vez que tiene que hacerlo.

"Siempre empiezo diciendo que a Mario le interesan las historias secundarias de la historia del arte, que no son relevantes para un historiador, pero sí para un artista.

"Cuando a él le interesa algo, quiere saber todo, quiere saber todo el contexto, quiere saber todo lo que está pasando alrededor", explica José.

Aldo Chaparro, artista peruano radicado en México, fue maestro de García Torres en la UDEM a mediados de los 90.

"La escultura ha sido siempre una constante en su obra. En esos años, él tenía ya una serie de cuestionamientos muy elaborados acerca del volumen y el espacio".

En clase, el monclovense cuestionaba los procesos de producción, incluyendo los de su maestro.
"Para mí, era una experiencia extraordinaria verlo romper siempre todos los esquemas, esquemas que yo mismo había desarrollado como mi método pedagógico, cosa que muy pocos de mis alumnos hacían. Era muy común que aplaudiera y participara de sus investigaciones en medio del malestar de mis demás alumnos", recuerda Chaparro.

Patrick Charpenel, curador y coleccionista, ha seguido de cerca la carrera de García Torres.

"Aborda de diversas maneras las utopías que tuvieron artistas, arquitectos y toda clase de personajes y que se quedaron truncadas", describe Charpenel.

"Hay un trabajo de investigación arqueológica sobre estas ideas que se proyectaban hacia el futuro, y que hoy en día aparecen como ruinas desgastadas y erosionadas".

El curador dice que García Torres ubica a personajes del mundo del arte que por diversos motivos terminan huyendo de ese sistema y se van en busca de un oasis que los resguarde de su propio hábitat.

Los artista conceptuales tienen un lugar predominante en su interés, como Kawara; o los representantes del arte povera, como el italiano Alighiero Boetti, a quien le ha dedicado varios años.

También ha reconstruido proyectos de Daniel Buren, Martin Kippenberger, Robert Morris, Ed Ruscha o Leo Castelli, entre otros creadores.

Cuando encuentra la anécdota o la forma de conectar con lo que el artista proponía, hace un video, una serie de diapositivas o, últimamente, incluso esculturas y cuadros.

Hernández Chong Cuy es quien, a decir del artista, conoce mejor su trabajo. Ambos estudiaron juntos en la UDEM.

"Al principio, él hacía las cosas en primera persona y hubo un momento en donde cambió de voz. El protagonista ya no era él, sino el que cuida de una obra de arte, como el jardinero o el recepcionista. La figura del trabajador empieza a tomar un lugar predominante", señala la curadora.


En las piezas más recientes, del proyecto que presentó el año pasado en La Tallera, en Cuernavaca, hay algunos cuadros que son los fósiles o las huellas de una construcción del arquitecto Agustín Hernández.

"Ahora su interés por contar se enfoca en cómo la memoria se siente, en ese sentir del recuerdo", agrega la curadora.

El mantra de García Torres es que si una pieza revisada años después de haberla hecho ya no tiene ningún significado, ni comunica algo, no tiene caso volver a presentarla.

Hasta ahora, el tiempo le ha dado la razón y la mayoría de sus proyectos siguen teniendo relevancia.


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