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COLUMNA

Neuropoder

Antoni Gutiérrez-Rubí

(15 mayo 2016) .-00:00 hrs

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Santiago Ramón y Cajal, médico español especializado en histología, anatomía patológica y premio Nobel de Medicina en 1906, afirmaba: "Mientras el cerebro continúe siendo un misterio, el universo continuará siendo un misterio".

Más de 100 años después, la humanidad está profundizando en ambos misterios, desvelándonos su intensidad y su excepcionalidad. La neurociencia está protagonizando un extraordinario avance y cada vez sabemos más sobre cómo funciona el cerebro. Y, lo más importante, por qué pensamos en un sentido u otro; cuál es la conexión entre percepción y conocimiento, entre emoción y comprensión, entre sentido y pensamiento. Hoy ya se constata, con rotundidad, que nuestro cerebro es emocional, que pensamos lo que sentimos. Y que la vía más directa a lo racional empieza en lo emocional y sensorial.

Este desarrollo científico tiene grandes repercusiones en la ciencia política y, en particular, en la comunicación política. Reivindicadas las emociones en su extraordinario protagonismo en la configuración de la opinión personal -y pública-, descubrimos también su capacidad para alojar los lazos más profundos entre lo que sabemos y lo que sentimos, es decir, los recuerdos.

En palabras de Ignacio Morgado, catedrático de Psicobiología de la Universidad Autónoma de Barcelona, en el cerebro no hay un rincón especial para guardar la memoria, está distribuida por todo el cerebro. Joaquin Fuster, uno de los más destacados especialistas mundiales en neurociencia cognitiva, denomina "cógnito" a ese lugar indefinido. Emociones y memoria están muy relacionados. Nuestras emociones pueden suscitar memoria. Y viceversa. Cuando fallan las emociones, no sólo falla nuestro sistema emocional, también falla nuestro razonamiento. Si nuestra razón no funciona bien, nuestras emociones y nuestros sentimientos tampoco serán normales.

Las emociones nos ofrecen, pues, ese enorme potencial de rememorar, de fijar, de anclar el recuerdo (de una persona, de una idea) a través de un sentimiento y de una experiencia vivida.

La comunicación política está prestando atención, cada día más, a las estrategias que se derivan de la incorporación de la neurociencia en la planificación y diseño de propuestas y campañas políticas. Se produce un desplazamiento muy significativo. Mientras que la demoscopia tradicional (encuestas, focus groups) nos ofrece una imagen fija de lo que dice la gente que piensa, el análisis de emociones, los mapas de relaciones, los vínculos emocionales y las cartografías de sentimientos nos ofrecen una imagen mucho más rica, matizada y potente: nos explican lo que siente la gente, cómo, dónde, en qué comunidad y por qué intereses. Y aquí está la clave de todo: pensamos lo que sentimos.

Esta consistencia en las convicciones, en nuestras ideas es tan correosa porque es emocional, es epidérmica. Por eso, como afirma Eduard Punset: "cuando el cerebro percibe una explicación distinta a lo que él cree (el prejuicio), no sólo la cuestiona, corta los circuitos de comunicación para que no penetre. Por eso es tan difícil cambiar de opinión (el juicio), como de voto". La neurociencia nos permite indagar y explorar más sobre la conformación de la opinión personal y pública a través del sutil y complejo mecanismo de acumulación de sensaciones y percepciones que se convierten en opiniones.

Los equipos de campaña se sofistican: a los sociólogos y políticos se sumaron los estadísticos y matemáticos; a ellos, ahora, se suman los visualizadores y los científicos de datos; y necesitamos, con urgencia, a los neurólogos y antropólogos para comprender mejor al votante, para comprender sus emociones que se metabolizan en razones.
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Twitter: @antonigr