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Humillaciones

Juan Villoro


"Detrás de cada colaboración hay una humillación", dice Fabrizio Mejía Madrid. La vida literaria es pródiga en malentendidos. Tal es el tema de la nueva novela de Naief Yehya, Las cenizas y las cosas. Un escritor mexicano que ha descendido los peldaños del fracaso y cuyo único logro es vivir en Nueva York, recibe una noticia: un auditorio de la ciudad de San Ismael será bautizado con su nombre. No conoce el lugar, pero se siente reconocido por los suyos. Nada tan fácil como convencer a un novelista de su talento.

A partir de esta premisa, Yehya despliega una gozosa cadena de peripecias. En un alarde de "profesionalismo", el homenajeado pide que le paguen por ir a San Ismael. Con indignación, le explican que eso es imposible. Luego, él tiene que comprar su boleto, nadie lo recibe en San Ismael y ni siquiera lo invitan a cenar (para colmo, la cocina local es insípida: los guisos se hierven para no recordar el pasado atroz en que los principales próceres de la ciudad fueron fritos en aceite). La licenciada que funge como anfitriona encarna una variante extrema del carácter mexicano: la amabilidad ofensiva. Si el huésped se queja de algo, pide disculpas por no estar a la altura de alguien tan importante, acostumbrado a que halaguen su vanidad. Hasta aquí la trama recuerda a Ibargüengoitia y su aguda descripción de los complejos de un país grandilocuente donde no hay gloria que rebase el ámbito municipal.

El giro maestro de la novela consiste en crear una amenaza que explica esta conducta: un volcán va a hacer erupción. Los habitantes se encuentran al borde de un cataclismo, las cenizas pueden destruirlo todo, y aun así prosiguen los trámites, se organizan veladas literarias, la carne se hierve en las cocinas. De Ibargüengoitia pasamos a Kafka. La metáfora de Yehya es demoledora: México resulta bastante lógico, e incluso simpático, si pensamos que está a punto de ser inundado por la lava.

El núcleo argumental de Las cenizas y las cosas -el ego de un escritor vapuleado por la realidad- pertenece a la esencia de la vida literaria y me recordó la noche en que Javier Marías invitó a quienes lo acompañábamos después de una presentación a confesar algún vejamen profesional. Él habló de la invitación que recibió a un pueblo donde el presentador mencionó a todos los que habían rechazado estar ahí y agradeció a Marías ser el sustituto con el que tendrían que conformarse.

Contribuyo a la antología del fracaso evocando la noche en que hablé en Girona de literatura y futbol en compañía de autores catalanes. El acto era patrocinado por un banco que así realizaba "obra social". Nuestra capacidad de convocatoria fue tan grande que había más gente en el foro que en las butacas. Antes de empezar, uno de los cuatro asistentes me mostró su documento de identidad. Se apellidaba como yo y quería saber por qué mi familia había ido a México. Hablé de mi abuelo, se dio por satisfecho y abandonó la sala, dejándonos con tres espectadores.

Uno de los participantes, Jordi Puntí, contó una historia sobre la superstición futbolística a la que ahora encuentro nuevo significado. Cuando hacía el servicio militar en Andalucía, veía los partidos en una pensión donde el televisor estaba adornado por una mantilla. Un día, la prenda se deslizó sobre la pantalla cuando caía un gol del Barça. El hincha está hecho de talismanes: el resto del juego fue visto a través de esa tela y el Barça logró una remontada. A partir de entonces, la mantilla se volvió esencial. La incomodidad de ver partidos "filtrados" no era nada en comparación con los triunfos del equipo. Este rito ayudó a que el Barça llegara a una final que se jugaba en Sevilla. Puntí y sus amigos fueron al estadio. Su superstición era tan grande que llevaron la mantilla y vieron el juego a través de su urdimbre mágica. Pero esa noche perdió el Barça. ¿Significaba eso que la tela había perdido poderío? Claro que no: los fanáticos entendieron que el prodigio sólo ocurría ante la televisión.

Puntí describió así el fetichismo del aficionado. Después de leer la novela de Yehya, descubro que también brindó una metáfora sobre la vida literaria. Tejemos una materia que nos parece mágica y confiamos en sus poderes. A través de ella, vemos borrosamente el mundo. Si algo falla, descubrimos que la culpa es de la realidad, nunca de la mantilla.

 
 
 
 

Ha obtenido el Premio Herralde por su novela El testigo, el Internacional de Periodismo Vázquez Montalbán por su libro sobre futbol Dios es redondo y el Iberoamericano José Donoso por el conjunto de su obra. Ha sido profesor en la UNAM, Yale, Princeton y la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Entre sus libros para niños destaca El profesor Zíper y la fabulosa guitarra eléctrica.

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