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Esclavas

Jorge Volpi


Al escuchar la palabra, a uno le vienen a la mente los atroces trayectos marinos que, al mando de traficantes portugueses u holandeses, condujeron a millones de mujeres desde las costas africanas hasta el continente americano; o bien las miles de trabajadoras empleadas por la fuerza en las plantaciones de Estados Unidos, Cuba, Brasil o las islas caribeñas; o bien las jóvenes convertidas en mucamas, sirvientas o amas de llaves en las novelas y películas sobre los estados confederados en los años previos a la Guerra Civil; o, si la imaginación se arriesga un poco más allá, las esposas e hijas de esclavos en lugares y épocas tan diversos como la Grecia clásica, el Israel bíblico, la Roma imperial o el mundo prehispánico. Pero, desde luego, uno no piensa en el México del siglo XXI, pese a que la esclavitud -en especial la esclavitud femenina- continúe siendo una realidad entre nosotros.

Poco importa que hayan transcurrido más de dos siglos desde que se prohibiera la esclavitud en México cuando, al amparo de los ideales de la Ilustración, Iturbide y Guerrero declararon la independencia de España. El caso de Zunduri -el nombre con el que esta joven de 23 años ha querido salir a la luz-, quien permaneció cautiva durante dos años, obligada a trabajar en una tintorería de Tlalpan, no es sino una grotesca excepción en un mundo en el que la mayor parte de las niñas y jóvenes que se convierten en esclavas son convertidas en prostitutas.

Según la organización no gubernamental End Slavery Now, se calcula que actualmente existen unos 28 millones de personas sometidas a alguna forma de esclavitud en el mundo. Como han narrado Siddharth Kara en Sex Trafficking: Inside the Business of Modern Slavery o Lydia Cacho en Esclavas del poder, el tráfico de mujeres constituye un negocio trasnacional y multimillonario. Sólo en Estados Unidos, el Departamento de Estado estima que entre 50 y 100 mil mujeres son víctimas de esta práctica cada año, entre las cuales hay tanto ciudadanas de los países de Europa del Este como de África, Asia y América Latina, con un importante porcentaje de mexicanas. En nuestro país, la Organización Internacional para las Migraciones establece el número de víctimas en torno a las 20 mil.

Para escribir el argumento que dio lugar a Las elegidas -tanto la película de David Pablos que se estrenará en estos días en el Festival de Cannes como mi novela del mismo nombre-, así como al libreto de la ópera Cuatro Corridos, me sumergí en la historia del tráfico de mujeres en México y en particular en el caso de Tenancingo, un pequeño pueblo de Tlaxcala de apenas 10 mil habitantes, donde, según la leyenda, la costumbre de educar a las niñas para servir como prostitutas -y a sus hermanos como chulos o padrotes- se remonta a épocas prehispánicas.

Más allá de la veracidad de esta versión, no hay duda de que en este lugar se concentra buena parte del tráfico de mujeres en México. Cuando visité el lugar hace unas semanas, pude ver a decenas de mujeres apiladas en la carretera hacia Puebla, sembrada de maltrechos hoteles de paso. A partir de los años noventa, los criminales locales encontraron una nueva fuente de recursos al trasladar su lucrativo negocio al otro lado de la frontera. Según publicó The Guardian en un artículo reciente, cuatro de los diez criminales más buscados por la Agencia de Inmigración y Control de Aduanas por tráfico sexual son oriundos de Tenancingo.

Numerosas bandas provenientes de este lugar han sido desmanteladas por las autoridades mexicanas y estadounidenses y algunos de sus principales capos han sido capturados, como es el caso de los hermanos Salazar Juárez, quienes operaban en el sur de California; las bandas de Joaquín Méndez Hernández, Odilón Martínez Rojas y Saúl Romero Rugerio, en Atlanta; o la de Paulino Ramírez Granados, detenido hace apenas unos días en Tenancingo, cuya base criminal se encontraba en Nueva York (su pariente Raúl Granados Rendón continúa prófugo).

Según un estudio de la Universidad de Tlaxcala, uno de cada diez habitantes del municipio está relacionado con el tráfico. Y, si bien ahora muchas de las jóvenes que se convierten en víctimas ya no son del propio Tenancingo, sino de estados más pobres como Oaxaca, Guerrero o Chiapas, el control del tráfico se mantiene entre las familias de la zona. En pleno siglo XXI la esclavitud se mantiene viva en México: no podemos seguir cerrando los ojos ante una práctica que hubiésemos creído propia de épocas remotas y oscuras.


@jvolpi
 
 

(México, 1968). Es autor de la novelas En busca de Klingsor, El fin de la locura, No será la Tierra, El jardín devastado, Oscuro bosque oscuro y La tejedora de sombras. Y de ensayos como Mentiras contagiosas, El insomnio de Bolívar y Leer la mente. En 2009 obtuvo el Premio José Donoso de Chile por el conjunto de su obra. Sus libros han sido traducidos a 25 idiomas. En 2014 se publicará su novela Memorial del engaño.

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