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Krauze 1984: sólo un apunte

  • Recientemente, Krauze y Woldenberg participaron en los Diálogos Galileos, México en su encrucijada. Foto: Tomás Martínez
José Woldenberg
El contexto
Hoy todos somos demócratas, o eso decimos. Es incluso de mal tono no serlo. Se requiere ser un auténtico excéntrico para proclamar lo contrario. La hegemonía del ideal democrático es tal que es difícil encontrar en los mundos de la política, la academia, el periodismo, alguien que no se diga demócrata. Es un toque de buen gusto, una seña de identidad, incluso una proclama de superioridad moral. Pero no siempre fue así.

El ideal revolucionario durante décadas eclipsó la aspiración democrática. Desde el poder político se hacía alusión a la legitimidad revolucionaria del pasado y, desde franjas importantes de la izquierda, a la futura legitimidad que debía acarrear una nueva revolución. La destrucción del añejo Estado liberal-oligárquico, a principios del siglo XX, generó una nuevo arreglo político cuyo certificado de autenticidad se encontraba en la lucha armada y la Constitución, en un partido que encarnaba los ideales de aquella gesta y en un Presidente (casi) todopoderoso que lo era -decían en el PRI- porque recogía y expresaba aquel legado. La izquierda revolucionaria fue capaz de romper con ese discurso, con esa mitología, pero proyectó hacia el futuro una nueva revolución, sin día, que edificaría, desde los escombros, una patria socialista y justa.

El agotamiento de la retórica oficial empezó su lenta pero inclemente erosión desde fines de los años cincuenta, con las movilizaciones sindicales que fueron drásticamente reprimidas, (casi) sufrió un colapso con el movimiento estudiantil de 1968 y a partir de entonces su capacidad de atracción y seducción fue en picada. La soflama revolucionaria de izquierda no ha desaparecido del todo, pero el proceso democratizador, la incorporación al mundo estatal y su convivencia y competencia con otras corrientes de pensamiento, han provocado un tránsito considerable hacia el discurso y el compromiso democrático.

El desenlace trágico de la movilización estudiantil de 1968 expandió el reclamo democratizador. Octavio Paz, bajo el duro impacto de la ola represiva, señaló que la única salida productiva para México, capaz de superar "el monólogo y el mausoleo", podría y debería ser la democracia (Posdata).

Notas Relacionadas

El texto

En su ensayo Por una democracia sin adjetivos (1984), Enrique Krauze planteó a la democracia como una salida contra el agravio, la desconfianza y el desgaste del régimen autoritario; como una fórmula de aceptación e integración de la diversidad política; como una clave para interrumpir una inercia costosa no sólo de desencuentros, sino de corrupción, represión y muerte.

(Un recordatorio quizá innecesario: en 1984 todos los gobernadores y senadores eran del PRI y el 74.8 por ciento de los diputados federales también).

Confiaba en que elecciones libres, en las cuales se respetara la voluntad de los ciudadanos, partidos representativos y comprometidos con la coexistencia de la diversidad y una prensa profesional e independiente, podrían no sólo ventilar el ambiente político, sino edificar un escenario para todos. Escribió: "el problema de limitar, racionalizar y depurar al Estado", refiriéndose a la corrupción, no sería sencillo ya que requería de "una transformación profunda en el sistema penal y en la policía", pero de suceder harían "un bien inmenso". Otra palanca tendrían que ser los partidos, en aquel entonces, el PRI, el PAN y la izquierda. Ensoñaba a un PRI que pudiera evolucionar hacia formas de organización y gestión modernas, "una forma de laborismo o socialdemocracia", un PAN que lograra forjar "líderes nacionales y grandes figuras" y una izquierda, capaz de multiplicar su peso electoral, revertir su atomización y comprometida con la democracia.

Por supuesto, no sucedió exactamente tal y como deseaba, por la simple y contundente razón de que el futuro nadie lo conoce. El PRI pasó de ser "El Partido" a un partido entre otros gracias a la mecánica electoral sin una reforma muy profunda de sus fundamentos, el PAN se convirtió en un imán y creció de manera espectacular hasta llegar dos veces a la Presidencia, y la izquierda trascendió su fragmentación y se convirtió en una fuerza competitiva gracias a la confluencia de una significativa escisión del PRI y el rosario de agrupaciones de la izquierda independiente. Krauze acertó en la necesaria consolidación de un sistema pluripartidista si es que México deseaba edificar un régimen democrático que, junto con una prensa libre y responsable, podían ser los pilares de un nuevo arreglo político.

En aquel año todavía resultaban una aspiración las elecciones competidas, los fenómenos de alternancia, los congresos equilibrados, que veríamos aparecer en los años siguientes. Y, luego, la construcción de la convivencia en las instituciones estatales, los pesos y contrapesos, las arduas negociaciones entre fuerzas políticas diferentes, y después el desencanto, el malestar, hasta llegar a un presente desengañado y un futuro que no genera las esperanzas de aquel ayer. Un presente -digo yo- en el que ojalá no acabemos por deshacernos del niño que reposa en la bañera.

Los ensayos políticos de Enrique Krauze entre 1982 y 2016 pueden leerse en los tres tomos de su obra: Ensayista liberal. 1) Por una democracia sin adjetivos, 2) Del desencanto al mesianismo y 3) Democracia en Construcción. Debate, México, 2016.
Hora de publicación: 00:00 hrs.

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