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Regios regresos

Daniel de la Fuente
En el tercer día de combates recurrentes, salió de casa en una noche iluminada por el fuego de la metralla. No tuvo problemas para encontrar al general Ampudia que se encontraba a la retaguardia de los combatientes por la Plaza del Mercado. Al reponerse de su estupor por verla otra vez vestida de capitán y montada a caballo, casi arrancándose la barba de chivo, vociferó ante unos militares que parecían de alto rango y que Marije no conocía:

-¿Qué les pasa a las mujeres de esta ciudad que no se quedan recogidas en sus casas? Por ahí, en una azotea anda la señora Zozaya atendiendo a los soldados. Ya le envié órdenes para que se retirara, corre gran peligro, pero no entiende. También me han llegado informes que otras mujeres voluntarias andan en medio del campo de batalla, ayudando a los heridos, llevando agua hasta a los propios enemigos, arriesgando sus vidas. ¿Quién les dio permiso de salir a la calle? ¡Solas y en la noche y en medio de una guerra! ¿Qué clase de ciudad es esta que no controla a sus mujeres?

Marije, que ya había advertido que más que una admonición dirigida a ella era un patético desplante de autoritarismo melodramático que el General estaba montando para los militares de alto grado que lo acompañaban, decidió retirarse. Inclinó su cabeza en señal de despedida cuando lo vio insuflando su pecho en actitud marcial y gritarle que todavía no había terminado. Con un dejo inquisidor, machacando las palabras y ondeándole el dedo índice en su cara, le ordenó que regresara de inmediato a su casa junto con su ridículo peón.

Marije, que no se había enterado de la presencia de Elpidio que la había seguido de cerca en un burro con todo y la bacinica de porcelana:

-¡Por Dios, Elpidio!

-Ay la niña, yo por ayudarla, qui del miedo dan ganas -le dijo en voz baja.

-¿Pero cómo se te ocurre portarla en la cabeza?

-Taba bien limpia y pos, pa' protegerme de las balas.

Renuente a recibir órdenes de ese gobernador que Santa Anna les impuso desde la capital, con la altivez que la caracteriza, hizo la finta del retorno, pero cabalgó por una calle lateral al área de las refriegas hacia las trincheras de La Ciudadela que era el reducto donde en estos momentos con mayor fuerza se centraba la defensa. Ahí se albergaban cientos de soldados y era donde había visto el mayor número de cañones, más de treinta llegó a contar en su pasada visita incluidos los salientes ubicados en las cornisas. Los sonidos de la artillería, el fuego de los fusiles, se intensificaban y se sentían como oleadas de truenos que estallaban al impactar las casas.

El amanecer de ese día 23 había sido agónico. Desde temprano no se escuchaba la caída de un alfiler. El reinicio de las hostilidades se postergó por horas y las tropas mexicanas permanecieron inmóviles en sus puestos, comiéndose la angustia, a la espera del primer cañonazo que se escuchó a eso de las diez de la mañana, como preámbulo a la llegada de toda la artillería pesada. Desde esa hora hasta este momento los enfrentamientos no habían parado.

En el camino había recorrido la caótica línea de defensa por el sur de la ciudad que Ampudia, inexplicablemente, había dejado casi abandonada. Mientras cabalgaba por atajos conocidos, en medio del desorden buscaba con la mirada al perene causante de sus extravíos y no dejaba de maldecir al caribeño autor de tanto descalabro. Cómo era que no había atendido las atinadas sugerencias que los ingenieros militares le hicieron. Decenas de veces le señalaron que las tropas se debían haber ubicado en Marín, para desde ahí detener y evitar el avance enemigo. Nunca dejarlos entrar a la ciudad. Por su obstinada necedad aquí los tenían encima y ahora para sacarlos...

Al llegar a La Ciudadela, por la parte trasera del fuerte cuadrilátero, se bajó del caballo y amarró las riendas en el tronco de un árbol a una corta distancia. Se colocó en una trinchera junto a varios muchachos seminaristas que reconoció en medio de la humareda. Semanas antes los había visto en la Plaza de Armas recibiendo entrenamiento militar.

Los gritos de "¡parque!" la conminaron enseguida a ocuparse en ayudar a acarrear y repartir municiones entre los soldados que agotaban sus cargas. Un oficial, que en días anteriores había visto acompañando al general Mejía y que al escuchar a otros soldados hablarle supo que se llamaba Carlos, se le acercó para ofrecerle un paliacate. Le indicó que se cubriera la nariz y la boca para protegerse del humo y del intenso olor a pólvora quemada. Entre el fragor de la batalla le gritaba atropelladamente que la defensa era un total desastre, que el impresentable de Ampudia, de repente, también había desmantelado por completo la vanguardia armada que se había posesionado en el frente oriental dando una total vía libre a los norteamericanos. Ya lo sabía.


De: El cielo de repente
Ofelia Pérez Sepúlveda (Guadalupe, N.L., 1970). Autora de Doménico (1993), De todos los santos: herejes (1995), Cuartos privados (1997), La inmóvil percepción de la memoria (2000) y De las tantas voces (2006). Vuelve a la poesía tras dedicarse al periodismo y la promoción cultural, así como a la narrativa.

Relativas y decisiones

Un oscuro y una luz
no son teoría.
Un quizás y ya tal vez
desde la orilla,
en que mi tiempo y mi vejez
se asoman.

Las delata.
La necia cercanía
las revela,
enteras
las revela
y luego,
en la distancia,
-contempladas
las otras y primeras-
no son más que ficciones,
historias noveladas
al instante.

Lo sabe el que maquina
que el cielo
-por ejemplo-
es humo y voluntad,
de facto
pólvora que estalla.

Lo sabe
quien tirado entre la hierba,
deseoso de no ser el fugitivo,
hiberna de sí y de los otros
y acaba por volver
y sueña
que habita entre los vivos
nomás por no decir
que el vaso que se estrella
es polvo y redención,
memoria del olvido.

Coda II

Por la ventana
no entra nada,
excepto nubes.


Gobernación

El antes niño
que jugaba a militar,
manda matar
por la mañana
los demonios
que le llegan por las noches.

Pero eso no lo entiende
el campesino,
ni el ministro,
ni siquiera los hombres de su guardia.


Paralelo IV

Otro entra
al hotel.
Y se registra.


Danza de ti

Ebrio de anís y de planetas,
danzando de inquietud
y de asegunes,
como la Alicia histérica de un amado padre
matemático
tal vez,
tal vez artista,
con todo y liebre de marzo
entras tú
al otro mundo.

Hay un sudor malvado
hay, en efecto,
que esta desmemoria
acierta y te comprime
y achicado
-sin sombrero ni té-
regresas a la plaza
y cierras tu libro de historietas
y llamas por cobrar:

Yo voy hacia de ti
yo tengo sed contigo,
pero la voz responde en automático
y ordena:
Después de oír el tono,
tu nombre y tu mensaje.
Y si subiera los nobles campanarios
y si cayera,
y estrellarte tú también
sobre las gentes.

En eso de inmolarse
todo es bello.

Por eso, al sexto día,
montado en autobús de doble piso
y montado también en tus adentros,
ya no más tú, sino quimera.

Eres
señor de las alturas
y nadie
-sin embargo-
te venera.

ASISTE
Viernes 13
19:30 horas
"Mis años sin ti", de Cris Villarreal
Héctor Jaime Treviño Villarreal, Erasmo Torres, Rocío González Maiz
Stand UANL

Viernes 13
18:00 horas
"El cielo de repente", de Ofelia Pérez Sepúlveda
Gabriela Cantú Westendarp, Margarito Cuéllar, Rodrigo Guajardo
Stand UANL
Hora de publicación: 00:00 hrs.

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