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Y si hoy pisaran la Luna...

  • En un mundo tan distinto como el de hoy, rebasado por la virtualidad, la velocidad y la exuberancia, ¿cómo viviríamos un alunizaje? Foto: Especial
Israel Sánchez
"Este es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad". Este apotegma, enunciado hace medio siglo en uno de los momentos cumbre de la historia, signó la conquista de uno de los mayores e inmemorables anhelos del género humano: llegar a la Luna.

Lo irreal se materializaba: viajar desde la Tierra hasta otro astro era posible. La huella de Neil Armstrong -protagonista indiscutible de esta epopeya científica y tecnológica- grabada en la fina arena del Mar de la Tranquilidad, y la bandera de las barras y las estrellas izada sobre la superficie selenita, probaban, aquel 21 de julio de 1969, que no había límites planetarios insuperables.

El descenso y los brincos en baja gravedad de Armstrong y Edwin "Buzz" Aldrin -mientras un desdichado Michael Collins permanecía en el módulo Columbia orbitando el satélite- fueron atestiguados por los atónitos ojos de más de 500 millones de personas alrededor del mundo desde sus televisores, en vivo y en directo gracias a una cámara en blanco y negro que grabó en cinta de video.

Era el verano de 1969, la tercera semana de julio, pero parecía el cierre ideal para una década convulsa marcada por conflictos estudiantiles, políticos y bélicos. Apenas ocho años atrás, John F. Kennedy había anunciado al Congreso estadounidense, en plena Guerra Fría con la hoy extinta Unión Soviética, el reto de llevar a un hombre a la Luna y traerlo de vuelta vivo.

Fue la misión número 11 del programa espacial Apolo la que, al hacerlo posible, dio a EU la victoria en la carrera espacial y pasó a inscribirse con letras de oro en los libros de historia. El día de su lanzamiento, el 16 de julio de 1969, cerca de un millón de personas se congregaron en las playas del centro de Florida para presenciarlo en directo.

En ese entonces, más de medio millón de soldados estadounidenses permanecía en los pantanosos escenarios de Vietnam, y las críticas sobre el derroche económico que la odisea lunar implicó proliferaban. Pero la Luna ahora pertenecía a la humanidad.

Y aunque 10 hombres más, todos de la NASA, lograron posarse sobre ella en posteriores misiones, jamás volvió a ser tan impactante y extraordinario como la primera vez. Como en esa aventura sin parangón que comandó Armstrong, hace exactamente 50 años.
Alunizar hoy
La llegada del primer ser humano a la Luna fue, sin lugar a dudas, uno de los eventos que definieron al siglo 20.

Un hito científico y tecnológico posibilitado por las capacidades de su época: uniformes espaciales hechos a la medida y cosidos a mano, borrosas imágenes en blanco y negro transmitidas por televisión alrededor del mundo y un alunizaje logrado con un ordenador que poseía un procesador de 2.5 MHz -una potencia de computación equivalente a la de una calculadora de bolsillo actual-.

En un mundo tan distinto como el de hoy, rebasado por la virtualidad, la velocidad y la exuberancia, ¿cómo viviríamos un suceso de tal magnitud?

Escritores mexicanos abocados a la ciencia ficción, la literatura juvenil y la novela gráfica hacen, a petición de REFORMA, un ejercicio de imaginación al respecto, en el marco del cincuentenario de la excepcional proeza del Apolo 11 y su tripulación.

"Si el viaje a la Luna fuera en este 2019, estaríamos viendo un lanzamiento convertido, literalmente, en un reality show, protagonizado por los astronautas", plantea el narrador y ensayista Alberto Chimal.

"Todos serían hombres blancos -no tan distintos de Armstrong y compañía, la verdad-, pero, además, trumpistas recalcitrantes, que se dedicarían a insultar al Partido Demócrata, los migrantes y las mujeres desde la Estación Espacial Internacional".

A decir del autor de novelas como La torre y el jardín, El viajero del tiempo y Los atacantes, estos astronautas tendrían que hacer una temporada completa en la cadena FOX previo a su partida hacia la Luna.

"(Serían) seis meses durante los que los candidatos a emprender el resto del viaje se eliminarían unos a otros hasta dejar sólo tres. Éstos plantarían su bandera, un retrato de Trump y una placa con los logos de todos sus patrocinadores. Luego la Luna se dividiría entre los ricos oligarcas cercanos a la Casa Blanca", describe.

Para el escritor Luigi Amara, por el contrario, una nueva expedición lunar podría ser una oportunidad para desterritorializar el único satélite natural de la Tierra.

"En el 50 aniversario de la llegada del hombre a la Luna, una misión internacional -y, si es el caso, intergaláctica- alunizará en el 'astro de la luz segunda' -como Macedonio Fernández llamó al satélite-", imagina el autor de El paraíso de las ratas, e Historia descabellada de la peluca.

"Y, en ceremonia solemne, aunque saltarina y a su manera flotante, retirará definitivamente la bandera estadounidense de la superficie lunar para sustituirla por la bandera de los Bienes Comunales del Cosmos, estandarte que simboliza que ningún cuerpo o energía del espacio exterior puede ser apropiado o colonizado por nadie y que, en lo referente a la Luna, sus vastas extensiones vacías han de permanecer intactas, como terreno fértil sólo para la imaginación".

Lo que es un hecho incuestionable para los autores es la insoslayable participación de las redes sociales. Si 500 millones de personas observaron en 1969 a Neil Armstrong saltar en la Luna, un mundo poblado por más de 7 mil millones de personas interconectadas desde sus dispositivos no sería indiferente a una misión de esta índole.

Sin embargo, el preponderante papel de las redes no sería necesariamente a favor ni de manera positiva. Tal cual se vivió en torno al Apolo 11, las críticas sobre los beneficios de hacer tan costoso viaje estarían a la orden del día.

"Por desgracia", observa la autora Raquel Castro, "si ocurriera hoy, me imagino perfecto una guerra campal en redes sociales: los que dirían que es mentira, un 'photoshopazo' parte de un complot destinado a esconder quién sabe qué situación horrible; los que dirían que es verdad, pero que es altamente reprobable porque lo gastado en esa aventura absurda podría haberse dedicado a alimentar a quién sabe cuántas familias.

"(También) los que lo usarían como punto de partida para las más cursis parábolas de psicomagia, los que sólo harían memes para reírse de la situación, los que 'trollearían' a unos y otros y otros porque, sencillamente, les gusta ver el mundo arder. Esta época es así: todos los temas nos dividen, nos radicalizan. Es como si la sociedad fuera adicta al enojo, a sentirse escandalizada y a evitar los puntos en común", dice.

"Si hoy llegáramos a la Luna, la nota se perdería en un mar de noticias. Acaso sería trending topic durante unas horas, no más de un día, antes de perderse entre el olvido y el odio de las redes sociales. Habría hashtags como #ParaQuéGastamosEnEso y #SiempreAndoEnLaLuna", añade, el autor e ilustrador Bernardo Fernández, "Bef".

No obstante, y pese a esta animadversión que caracteriza a la muchedumbre digital de nuestros días, el viaje no sería realmente en vano, y no sólo por la derrama tecnológica que pudiera conllevar, sino por el simple hecho de inspirar, causar asombro y hacernos reflexionar sobre nuestra humanidad.

"Acaso, en algún lado, la noticia despertaría el asombro de alguna niña. Quizá en algún otro lado, un chico desearía ser astronauta. Y si en un puñado de personas se despertara la curiosidad... por saber de qué está hecha si no es de queso... y preguntarse qué hay de su lado oscuro... Entonces habría valido la pena", considera "Bef".

"Pasado un tiempo, quizá los ánimos se calmarían un poco y recordaríamos que todos estamos bajo la misma Luna. Creo que eso podría ser un motivo por el que la Luna nos llama tanto la atención: nos hace mirar desde otro ángulo lo que significa ser humanos. Y, con un poco de suerte, nos hace darnos cuenta de lo pequeños que somos: demasiado pequeños (y frágiles y nimios) como para desperdiciar el tiempo peleando entre nosotros", agrega Castro.

Y es que, con todo y que más de una decena de hombres logró posarse sobre el satélite, mermando eventualmente la sorpresa y las ganas de continuar yendo, "la Luna es una obsesión", subraya el autor de novela gráfica y relatos policíacos Francisco Haghenbeck.

"Ahí la tenemos, desde que el hombre ancestral alzó la vista y la vio, se enamoró de ella. Desde luego querríamos ir a ese lugar que nos acompaña todas las noches, que es el mismo que vieron nuestros antepasados, y que verán nuestros hijos, sin importar que sea un pedazo de piedra. Iríamos a pisar la Luna, por dos simples razones: por que está ahí, y por que podemos", expresa.

Para el autor de Matar al candidato y Por un puñado de balas, la razón más importante para regresar al astro es la ciencia.

"Ante la perspectiva de que la cultura, ciencia y evidencias escasean en un mundo de verdades alternas y otros datos, la llegada a la Luna es la mejor metáfora para que vuelva a imperar la razón, para que la tecnología venida de la ciencia, la real curiosidad del humano por progresar, retorne para imponerse.

"Desde luego se requiere un acto de fe, pues más de uno cree que pudo ser una falsedad la llegada, sin embargo, siempre tendremos la confiable ciencia. Y claro, la confiable Luna. Que seguirá ahí, para que la visitemos una y otra vez", subraya.

Con el renovado interés de naciones como China, Japón, Rusia, India, la Unión Europea y Estados Unidos -por supuesto- por llevar una misión tripulada a la Luna, las ideas de estos autores, más que un ejercicio de imaginación, podrían rayar en la predicción de un futuro próximo.

Tan sólo la NASA ha prometido que, en un lapso de aproximadamente un lustro, el satélite recibirá a su primera visitante mujer como parte del programa bautizado Artemisa -la hermana de Apolo en la mitología griega-.

¿Será que la veremos desfilar en horario estelar de FOX? ¿Las redes sociales desbordarán su odio contra ella?
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Aumentan visitas a FIL Guadalajara 2019
Abate policía a presunto agresor en Tláhuac
Espera a mujeres pobreza en vejez
Acusan alumnos de UG detenciones

Y si hoy pisaran la Luna...

Israel Sánchez
(21 julio 2019).-
  • En un mundo tan distinto como el de hoy, rebasado por la virtualidad, la velocidad y la exuberancia, ¿cómo viviríamos un alunizaje? Foto: Especial

"Este es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad". Este apotegma, enunciado hace medio siglo en uno de los momentos cumbre de la historia, signó la conquista de uno de los mayores e inmemorables anhelos del género humano: llegar a la Luna.


Lo irreal se materializaba: viajar desde la Tierra hasta otro astro era posible. La huella de Neil Armstrong -protagonista indiscutible de esta epopeya científica y tecnológica- grabada en la fina arena del Mar de la Tranquilidad, y la bandera de las barras y las estrellas izada sobre la superficie selenita, probaban, aquel 21 de julio de 1969, que no había límites planetarios insuperables.

El descenso y los brincos en baja gravedad de Armstrong y Edwin "Buzz" Aldrin -mientras un desdichado Michael Collins permanecía en el módulo Columbia orbitando el satélite- fueron atestiguados por los atónitos ojos de más de 500 millones de personas alrededor del mundo desde sus televisores, en vivo y en directo gracias a una cámara en blanco y negro que grabó en cinta de video.

Era el verano de 1969, la tercera semana de julio, pero parecía el cierre ideal para una década convulsa marcada por conflictos estudiantiles, políticos y bélicos. Apenas ocho años atrás, John F. Kennedy había anunciado al Congreso estadounidense, en plena Guerra Fría con la hoy extinta Unión Soviética, el reto de llevar a un hombre a la Luna y traerlo de vuelta vivo.

Fue la misión número 11 del programa espacial Apolo la que, al hacerlo posible, dio a EU la victoria en la carrera espacial y pasó a inscribirse con letras de oro en los libros de historia. El día de su lanzamiento, el 16 de julio de 1969, cerca de un millón de personas se congregaron en las playas del centro de Florida para presenciarlo en directo.

En ese entonces, más de medio millón de soldados estadounidenses permanecía en los pantanosos escenarios de Vietnam, y las críticas sobre el derroche económico que la odisea lunar implicó proliferaban. Pero la Luna ahora pertenecía a la humanidad.

Y aunque 10 hombres más, todos de la NASA, lograron posarse sobre ella en posteriores misiones, jamás volvió a ser tan impactante y extraordinario como la primera vez. Como en esa aventura sin parangón que comandó Armstrong, hace exactamente 50 años.
Alunizar hoy
La llegada del primer ser humano a la Luna fue, sin lugar a dudas, uno de los eventos que definieron al siglo 20.

Un hito científico y tecnológico posibilitado por las capacidades de su época: uniformes espaciales hechos a la medida y cosidos a mano, borrosas imágenes en blanco y negro transmitidas por televisión alrededor del mundo y un alunizaje logrado con un ordenador que poseía un procesador de 2.5 MHz -una potencia de computación equivalente a la de una calculadora de bolsillo actual-.

En un mundo tan distinto como el de hoy, rebasado por la virtualidad, la velocidad y la exuberancia, ¿cómo viviríamos un suceso de tal magnitud?

Escritores mexicanos abocados a la ciencia ficción, la literatura juvenil y la novela gráfica hacen, a petición de REFORMA, un ejercicio de imaginación al respecto, en el marco del cincuentenario de la excepcional proeza del Apolo 11 y su tripulación.

"Si el viaje a la Luna fuera en este 2019, estaríamos viendo un lanzamiento convertido, literalmente, en un reality show, protagonizado por los astronautas", plantea el narrador y ensayista Alberto Chimal.

"Todos serían hombres blancos -no tan distintos de Armstrong y compañía, la verdad-, pero, además, trumpistas recalcitrantes, que se dedicarían a insultar al Partido Demócrata, los migrantes y las mujeres desde la Estación Espacial Internacional".

A decir del autor de novelas como La torre y el jardín, El viajero del tiempo y Los atacantes, estos astronautas tendrían que hacer una temporada completa en la cadena FOX previo a su partida hacia la Luna.

"(Serían) seis meses durante los que los candidatos a emprender el resto del viaje se eliminarían unos a otros hasta dejar sólo tres. Éstos plantarían su bandera, un retrato de Trump y una placa con los logos de todos sus patrocinadores. Luego la Luna se dividiría entre los ricos oligarcas cercanos a la Casa Blanca", describe.

Para el escritor Luigi Amara, por el contrario, una nueva expedición lunar podría ser una oportunidad para desterritorializar el único satélite natural de la Tierra.

"En el 50 aniversario de la llegada del hombre a la Luna, una misión internacional -y, si es el caso, intergaláctica- alunizará en el 'astro de la luz segunda' -como Macedonio Fernández llamó al satélite-", imagina el autor de El paraíso de las ratas, e Historia descabellada de la peluca.

"Y, en ceremonia solemne, aunque saltarina y a su manera flotante, retirará definitivamente la bandera estadounidense de la superficie lunar para sustituirla por la bandera de los Bienes Comunales del Cosmos, estandarte que simboliza que ningún cuerpo o energía del espacio exterior puede ser apropiado o colonizado por nadie y que, en lo referente a la Luna, sus vastas extensiones vacías han de permanecer intactas, como terreno fértil sólo para la imaginación".

Lo que es un hecho incuestionable para los autores es la insoslayable participación de las redes sociales. Si 500 millones de personas observaron en 1969 a Neil Armstrong saltar en la Luna, un mundo poblado por más de 7 mil millones de personas interconectadas desde sus dispositivos no sería indiferente a una misión de esta índole.

Sin embargo, el preponderante papel de las redes no sería necesariamente a favor ni de manera positiva. Tal cual se vivió en torno al Apolo 11, las críticas sobre los beneficios de hacer tan costoso viaje estarían a la orden del día.

"Por desgracia", observa la autora Raquel Castro, "si ocurriera hoy, me imagino perfecto una guerra campal en redes sociales: los que dirían que es mentira, un 'photoshopazo' parte de un complot destinado a esconder quién sabe qué situación horrible; los que dirían que es verdad, pero que es altamente reprobable porque lo gastado en esa aventura absurda podría haberse dedicado a alimentar a quién sabe cuántas familias.

"(También) los que lo usarían como punto de partida para las más cursis parábolas de psicomagia, los que sólo harían memes para reírse de la situación, los que 'trollearían' a unos y otros y otros porque, sencillamente, les gusta ver el mundo arder. Esta época es así: todos los temas nos dividen, nos radicalizan. Es como si la sociedad fuera adicta al enojo, a sentirse escandalizada y a evitar los puntos en común", dice.

"Si hoy llegáramos a la Luna, la nota se perdería en un mar de noticias. Acaso sería trending topic durante unas horas, no más de un día, antes de perderse entre el olvido y el odio de las redes sociales. Habría hashtags como #ParaQuéGastamosEnEso y #SiempreAndoEnLaLuna", añade, el autor e ilustrador Bernardo Fernández, "Bef".

No obstante, y pese a esta animadversión que caracteriza a la muchedumbre digital de nuestros días, el viaje no sería realmente en vano, y no sólo por la derrama tecnológica que pudiera conllevar, sino por el simple hecho de inspirar, causar asombro y hacernos reflexionar sobre nuestra humanidad.

"Acaso, en algún lado, la noticia despertaría el asombro de alguna niña. Quizá en algún otro lado, un chico desearía ser astronauta. Y si en un puñado de personas se despertara la curiosidad... por saber de qué está hecha si no es de queso... y preguntarse qué hay de su lado oscuro... Entonces habría valido la pena", considera "Bef".

"Pasado un tiempo, quizá los ánimos se calmarían un poco y recordaríamos que todos estamos bajo la misma Luna. Creo que eso podría ser un motivo por el que la Luna nos llama tanto la atención: nos hace mirar desde otro ángulo lo que significa ser humanos. Y, con un poco de suerte, nos hace darnos cuenta de lo pequeños que somos: demasiado pequeños (y frágiles y nimios) como para desperdiciar el tiempo peleando entre nosotros", agrega Castro.

Y es que, con todo y que más de una decena de hombres logró posarse sobre el satélite, mermando eventualmente la sorpresa y las ganas de continuar yendo, "la Luna es una obsesión", subraya el autor de novela gráfica y relatos policíacos Francisco Haghenbeck.

"Ahí la tenemos, desde que el hombre ancestral alzó la vista y la vio, se enamoró de ella. Desde luego querríamos ir a ese lugar que nos acompaña todas las noches, que es el mismo que vieron nuestros antepasados, y que verán nuestros hijos, sin importar que sea un pedazo de piedra. Iríamos a pisar la Luna, por dos simples razones: por que está ahí, y por que podemos", expresa.

Para el autor de Matar al candidato y Por un puñado de balas, la razón más importante para regresar al astro es la ciencia.

"Ante la perspectiva de que la cultura, ciencia y evidencias escasean en un mundo de verdades alternas y otros datos, la llegada a la Luna es la mejor metáfora para que vuelva a imperar la razón, para que la tecnología venida de la ciencia, la real curiosidad del humano por progresar, retorne para imponerse.

"Desde luego se requiere un acto de fe, pues más de uno cree que pudo ser una falsedad la llegada, sin embargo, siempre tendremos la confiable ciencia. Y claro, la confiable Luna. Que seguirá ahí, para que la visitemos una y otra vez", subraya.

Con el renovado interés de naciones como China, Japón, Rusia, India, la Unión Europea y Estados Unidos -por supuesto- por llevar una misión tripulada a la Luna, las ideas de estos autores, más que un ejercicio de imaginación, podrían rayar en la predicción de un futuro próximo.

Tan sólo la NASA ha prometido que, en un lapso de aproximadamente un lustro, el satélite recibirá a su primera visitante mujer como parte del programa bautizado Artemisa -la hermana de Apolo en la mitología griega-.

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