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Asaltan la memoria
de casa abandonada


Oscar Cid de León
"Todo empieza a cobrar sentido cuando me enseñan este espacio", cuenta Karen Huber.

El espacio es una casa en situación de abandono ubicada en Mazatlán 160, en la Condesa, y el sentido que cobra es el de un inmueble cuya historia es asaltada por un grupo de artistas que ha tomado sus habitaciones para trabajar in situ una serie de obras en torno al concepto de la memoria a partir de las pertenencias que dejó su antigua moradora, ya muerta.

"Estaba todo en estado de abandono", dice Huber: "La familia había dejado miles de cosas, desde fotografías y ropa, muchos vestidos, hasta documentos, pasaportes, actas de nacimiento, de defunción o de matrimonio; agendas, vasos, mesas... Todo era como memorias que se habían quedado flotando".

La intención era darle sentido a esas memorias a partir de la apropiación que pudieran proponer los artistas.

Fotogalería


El resultado es una muestra llamada Memorias flotantes, a inaugurarse hoy en el sitio a las 20:00 horas y que podrá visitarse durante los próximos 10 días.

Huber, quien encabeza el equipo curatorial de White Spider, oficina de arte responsable de la intervención, llamó a participar a 15 creadores, entre ellos el argentino Máximo González, quien, por ejemplo, rescató de los clósets decenas de camisones que mandó lavar y perfumar y que colgó posteriormente del techo de la sala, como si fueran presencias fantasmas.

Omar Árcega, mexicano, intervino la habitación principal de la dueña con un mural que evoca a Las parcas de Goya, mientras que el portugués Ricardo Gritto colocó en el área donde debió existir la cocina una serie de pinturas a partir de los colores que arrojaban las paredes carcomidas.

Jorge de la Garza, también mexicano, se inclinaría por usar los documentos hallados para tapizar con ellos una suerte de túnel que conecta el garage con el área de servicio, provocando un paseo por el tiempo que arrancaría, por ejemplo, con el acta de nacimiento de la propietaria de la casa y cerraría con las letras de su defunción, pasando por pasaportes, credenciales, hojas de testamentos, etcétera.

En el inmueble también se encontraron discos de música, que el colombiano Andrés Orjuela hace sonar en un tocadiscos, contextualizando el sonido a partir de una instalación de fotografías y vasos.
La propietaria, de la cual Huber pide no mencionar su nombre en los medios, aunque está presente en los diversos documentos develados a través de las piezas, fue una mujer muy católica.

Sus agendas, por ejemplo, contienen reflexiones sobre santos, y los discos que reactiva Orjuela cantan villancicos.

Otro argentino, Iván Buenader, se dedicó a fotografiar distintas áreas del domicilio tal como fue hallado para exponer las imágenes en una de las habitaciones, aunadas a textos de su autoría, mientras la dupla conformada por la austriaca Ronja Vogl y la colombiana Viviana Cerón optó por un performance, que, echando mano de ropa y objetos, presentarán hoy por la noche.

También participan en las intervenciones la italiana Alessia Armeni, el colombiano Mateo Pizarro y los mexicanos Tomás Díaz Cedeño, Ary Ehrenberg, Floria González, Juan Caloca y Ada Carasusan.

La muestra es posible gracias al nuevo propietario del inmueble, un arquitecto, Gumaro Lizárraga, quien tiene planes de demolerlo para construir allí un edificio de departamentos. Otro edificio de departamentos.

Huber no se alarma ante ese futuro. Por un lado, dice que la memoria queda. Por el otro, asegura que la casa carece de valor patrimonial alguno: "No es una joya de la Condesa".
Hora de publicación: 00:00 hrs.

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