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Juan José Arreola


Guadalupe Loaeza
No cabe duda que uno de los escritores más maravillosos de nuestro país es también uno de los más excéntricos. Quien lo haya visto seguramente no lo ha olvidado, porque además de ser muy original era también un gran conversador.

Había gente que creía que era un comentarista de futbol o de lucha libre y no uno de nuestros grandes cuentistas, traductores y maestro de literatura. "¡Ay, no, ni idea tenía de que fuera un novelista! Pero si nada más se la pasa hablando de futbol en la televisión", decían muchos de los más ignorantes. Pero es que el maestro Juan José Arreola (1918-2001) se convirtió en uno de los intelectuales que más se sintieron atraídos por la televisión, cuando no era tan común que un escritor tan refinado se diera esos lujos. Es cierto que muchos locutores nunca lo habían leído, y ponían una cara de completa ignorancia cuando notaban el respeto que muchos le tenían.

A Arreola se le veía pasar con su capa inconfundible y a veces sus extravagantes sombreros, pero siempre con su bastón y sus rizos alborotados. Así llegaba a su programa de televisión, el cual veía muchísima gente. A veces hacía sus programas con Emma Godoy, la filósofa con la que debatía sobre poesía. Se decía que, bajo su capa, este maravilloso prosista llevaba una botella de tequila. Lo que sí nos puede parecer un poquito raro es ver a Arreola fumando un cigarro tras otro en sus programas, una práctica que hoy es completamente impensable.

Lo más probable es que los locutores de televisión no tuvieran ni idea de que Arreola era uno de los autores más admirados por Jorge Luis Borges, y lo más probable es que ni siquiera supieran quién era Borges. De ahí que fuera más bien un personaje pintoresco para los conductores de Televisa. Cuando Borges regresó a Argentina luego de visitar nuestro país, le preguntaron por Arreola, a lo que el respondió: "Sí, lo conocí y conversé con él, me dejó intercalar algunos silencios".

Sí, Arreola era un gran conversador, casi puede decirse que era un conversador excesivo, que no dejaba hablar a los demás, que de pronto era como poseído por el espíritu de la conversación. Imagínense ustedes el gran improvisador que era, que un día se fue al zoológico de Chapultepec con José Emilio Pacheco. Arreola se detenía frente a cada jaula, y se ponía a hablar de cada uno de los animales, y José Emilio se ponía a anotar en su libretita. De esa visita nació uno de los libros más maravillosos de este autor, Bestiario, en el que habla con mucha sabiduría literaria de los animales. Claro que eso no lo sabían ni Thalía, ni Verónica Castro, que ponían una cara de completo desasosiego cuando lo veían entrar a los foros de la televisión.

Pero Arreola no nada más es uno de los mejores escritores de nuestra lengua, y uno de los más elegantes, sino que fue también muy generoso en sus clases. Daba su taller de creación literaria en la UNAM, asesoraba a los alumnos del Centro Mexicano de Escritores y publicaba la colección de libros Los Presentes, en donde daba a conocer a las nuevas generaciones.

Dicen, por ejemplo, que a José Agustín le ayudó muchísimo a escribir su primera novela, La tumba, antes de que este joven la mandara a la imprenta. Así fue también con su gran amigo Juan Rulfo. Puede decirse que Arreola fue también su editor; leamos lo que le dijo a Fernando del Paso para el libro Memoria y olvido de Juan José Arreola: "Con los cuentos no hubo problema, pero en cambio no se animaba a entregarnos Pedro Páramo. Hasta cierto punto tenía razón, porque tenía un montón de escritos sin ton ni son, y Rulfo se empeñaba en darles un orden. Yo le dije que así como estaba la historia, en fragmentos, era muy buena, y yo le ayudé a editar el material. Lo hicimos en tres días, viernes, sábado y domingo, y el lunes estaba ya el libro en el Fondo de Cultura Económica".

Sí, Rulfo fue su gran amigo, casi puede decirse que fueron los mejores amigos, que ambos se leían mutuamente sus textos, se confesaban lo que sabían de literatura. Cuando le preguntaban a Arreola cómo era su amigo, él decía: "Rulfo era mozongo y entrambulicado". Entre los dos había una especie de pacto de literatos, es decir, se contaban puras mentiras el uno al otro. Dice Arreola que Rulfo trabajaba en una oficina de Migración, pero que era el único habitante en esas oficinas, algo así como un personaje de Franz Kafka. Seguramente, ahí se imaginó el pueblo de Comala, nada más habitado por fantasmas. "Se supone que estaba en ese despacho para arreglar los papeles de extranjeros inmigrantes, en particular de norteamericanos que venían a vivir a Jalisco, pero, como digo, jamás le vi a ningún marchante".

Qué lástima que ya no hay personajes como Arreola, con su sabiduría y su histrionismo, pero a la vez con su elegancia y su cosmopolitismo. Les confieso que me puse a ver sus videos en Youtube, y lo veía platicando con Borges y con Salvador Elizondo, o bien frente a los molinos de Castilla, hablando increíblemente de don Quijote, de su ídolo Cervantes y de la lengua española. Les recomiendo ampliamente que lean la obra de este excéntrico que era también un enamorado, un poeta y un maravilloso narrador.



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