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  • Vista del ingenio El Potrero, donde creció el autor. El sitio aún perdura, aunque el paisaje ha cambiado. Foto: Jorge Ricardo
  • Agustín Demeneghi se hizo de los hermanos Pitol cuando fallecieron su padre y su madre. Foto: Jorge Ricardo
  • El café donde Pitol suele acudir acompañado de su chofer. Foto: Jorge Ricardo
  • El hogar del escritor, en Xalapa. Foto: Jorge Ricardo

Los días y las señas



Jorge Ricardo
"Venía cada dos o tres días, pedía un expreso doble cortado. Bueno, no lo pedía él, se lo tenía que pedir su chofer".

Arely Landa, una joven mesera del café Espresso 58, a una calle de la casa del escritor Sergio Pitol, en el Centro de Xalapa, recuerda que el hombre alto y de cabello blanco que ocupaba la mesa 14 ya no podía hablar, y a lo mejor ni oír, aunque se le veía bien. "Tenías que hablarle fuerte, pero él nada más se reía".

El café tiene un frío de aire acondicionado. Las paredes son blancas, como de una galería, y adentro se puede fumar, un vicio del que Pitol nunca se ha librado. Una ocasión en Praga, donde fue agregado cultural, una mujer que decía tener facultades magníficas lo hizo olvidarse del cigarro. Tiempo después le pasaron uno en un avión y casi sin querer comenzó de nuevo.

"Yo veía que su chofer sí le entendía", añade Arely.

El escritor, afectado por una afasia progresiva, comenzó en 2006 a presentar problemas de habla, pero fue entre 2012 y 2013 cuando ya no le era posible construir oraciones, según recuerda su sobrina Laura Demeneghi.

La casa de Pitol se encuentra en la calle Pino Suárez, amarilla, de dos pisos, con ventanas de madera y tejas. En la puerta aparece Antonia Sánchez y dice que en los 14 años que ella ha trabajado aquí, el señor Pitol jamás había sido internado por tanto tiempo. Ya pasó una semana, y a Pitol aún le falta tres días para que salga del hospital Ángeles de Xalapa.

El lunes 2 de febrero, al regresar a trabajar, Yolanda, la cocinera, le informó que el escritor se había sentido mal del estómago y que lo llevaron al hospital. Lo regresaron por la noche, pero en la madrugada volvieron a llevarlo. "Yo le llamé a mi mamá para decirle que encendiera una veladora por él", dice ella.

¿Que cómo es su patrón? "Como un ángel", responde. "Se ocupa de nosotros. No es de esos señores chocosos que no te quieren dar la mano para que no le pases la pobreza".

¿Y está bien? Doña Antonia sabe de la polémica que ha levantado la familia de Pitol en torno a su estado de salud. "Él está bien, está muy bien. Todo lo que se ha dicho es pura calumnia. Lo único, que no puede hablar, pero tampoco es problema porque cuando él quiere las cosas nos señala y todos nosotros estamos para ayudarlo".
***
A cuatro horas de ahí, en el ingenio El Potrero, hacia Córdoba, donde Pitol creció, el señor Porfirio Hernández Morales, administrador por 50 años de los ranchos de Agustín Demeneghi, quien se hizo de los hermanos Pitol cuando fallecieron su padre y su madre, evoca a un joven escritor que jamás estaba enojado.

"La última vez que lo vi, hace como seis años, ya estaba muy enfermo", dice al recordar la noticia de la hospitalización y las acusaciones sobre su salud de uno y otro lado.

"¿Por qué tanta mala leche de esta gente, Luis?", le pregunta a Luis Demeneghi sobre quienes han acusado a la familia de quererse quedar con la herencia del escritor.

"Tarde o temprano la verdad va a salir", dice, y luego conduce a donde Pitol llegó siendo un niño.

El Potrero es un ingenio como tantos: una comunidad con calor de costa, una carretera negra por donde van camiones cargados de caña hasta una barda blanca que rodean a unas naves industriales. Hasta aquí llegó Pitol a los cuatro años. Su padre había muerto en Puebla casi al mismo tiempo en que Irma, la hermana del escritor, nacía.

Agustín Demeneghi era el doctor del ingenio y se hizo cargo de la familia. Sergio tenía 5 años cuando murió su madre, ahogada en el Río Atoyac. Irma enfermó también y murió a las pocas semanas. El suceso fue impactante.

Sergio Pitol lo recuerda en Vindicación de la hipnosis, un texto de El arte de la fuga. En 1991, Juan Villoro le recomendó al hipnotista Federico Pérez, quien era capaz de sacar del bache creativo a escritores. Lo hipnotizó y le pidió que recordara momentos importantes.

Como un aleph de la memoria, Pitol se ve niño, adolescente, viejo, alumno de primaria, estudiante de derecho, diplomático, maestro, laborioso, escritor, haragán, feliz, en medio de la nieve, en Córdoba, en Moscú, en Bogotá. Ve a miles de personas, pero todo le parecen banalidades. De pronto surge la escena: su madre se ha ahogado. 

"Se fue abriendo paso en mí la noción de que había vivido todos esos años sólo para evitar que aquel dolor bestial volviera a repetirse, para impedir las circunstancias que lo pudieran provocar".
Hora de publicación: 00:00 hrs.

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