Recibe en tu email las próximas
columnas de Roberto Zamarripa
1 mes
2 meses
3 meses

Simpatía por el débil



TOLVANERA / Roberto Zamarripa


We need him strong (Lo necesitamos fuerte), dijo Susan Rice, la consejera de Seguridad Nacional de Barack Obama a la entonces canciller mexicana Claudia Ruiz Massieu.

Recién había ocurrido la intempestiva visita de Donald Trump a Los Pinos con efectos demoledores para la confianza entre los dos gobiernos y devastadores para la popularidad del presidente Enrique Peña.

La visita de Trump era un golpe bajo en la relación y así se lo hizo saber la administración demócrata a la Cancillería mexicana.

¿Quién lo decidió?, fue la pregunta insistente de funcionarios estadounidenses. Toparon con una respuesta común: Luis Videgaray. ¿Puede un solo hombre decidir eso?, reiteraron. Sí, fue la respuesta.

Pero pasado el trago amargo advirtieron: necesitamos fuerte al presidente Peña.

Ahora, Peña Nieto llegará débil el 31 de enero a Washington. En el punto más bajo de su popularidad. El olfateo de su debilidad de parte del gobierno de Donald Trump marca los ritmos, la prisa, la necesidad de acudir a una renegociación de temas anquilosados, disfuncionales, eludidos, como la desactualización de las reglas del libre comercio y la desastrosa relación migratoria.

· · ·
 
El presidente Peña siempre pensó que Trump podría ganar las elecciones estadounidenses. Incluso, según allegados, estimaba que no sería difícil una relación con él, ya estando en la Casa Blanca.

Para el gobierno de México las presiones de la administración Obama, particularmente en el tema de derechos humanos y de migración, eran molestas y de difícil manejo.

Hillary Clinton encarnaba la continuidad de esa presión al grado de que podría reproducirse en México un mecanismo de injerencia como el ocurrido en Guatemala que en nombre del combate a la corrupción concluyó con la deposición del gobierno nacional.

Donald Trump ganó y los bandazos del gobierno mexicano en la campaña electoral no pasaron desapercibidos para el magnate y su equipo.

Ahora que las cosas se han invertido Luis Videgaray fue convertido en el rector de la política exterior... y también interior. Pareciera una minucia pero la manera como fue decidida y comunicada la extradición de Joaquín Guzmán Loera rebasó a la propia Secretaría de Gobernación, presuntamente encargada del asunto.

Fue la Cancillería la que informó de la extradición hacia fuera y hacia adentro.

La presencia de Videgaray ha redimensionado el equilibrio interno del gabinete federal y con ello la carrera sucesoria hacia el 2018.

La nueva administración Trump tiene claro lo que para la de Obama era duda: un solo hombre puede tomar esas decisiones.

El asunto es que la fortaleza de Videgaray no se transfiere mecánica e inmediatamente en una fortaleza de su superior. Para cualquier efecto, Peña va de salida y lo que intenta ajustar su gobierno es un cierre de sexenio lo menos turbulento posible, particularmente en materia de finanzas y de economía.

La premisa con la que el equipo mexicano acude a negociar a Washington es que se da por descontado que el TLC será renegociado, es decir que no habrá resistencia alguna a abrir ese capítulo para su revisión. Igualmente en el tema del muro. El gobierno mexicano acudirá a sus citas a Washington asumiendo que la decisión de construir un muro se dará muy a pesar de la oposición nacional.

El problema de todas formas no es si los funcionarios que acuden a Washington se envuelven en la bandera nacional y aguantan los embates y las diatribas.

El problema es que estamos ante un cambio de época. No es un simple inicio de relación con un gobierno en turno. Es un cambio de etapa, de mentalidad, de perspectiva.

Paradójicamente Trump y Peña tendrán muchos puntos de coincidencia. Entre otros estará el de renovar una relación donde aquellos asuntos que molestaban mucho a la administración mexicana queden a un lado: derechos humanos, corrupción, combate al narcotráfico.

Apartarlos será un alivio para México. La moneda de cambio, empero, no supone mejoras, menos desde la posición de mando que asume Trump y la de debilidad de Peña.

 
tolvanera06@yahoo.com.mx
 
 
 


ROBERTO ZAMARRIPA DE LA PEÑA.- Periodista. Egresado de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco. Ha sido reportero y editor. Cronista. Especializado en temas políticos. Es autor del libro "Sonora 91, Historia de políticos y policías". Crónicas suyas están incluidas en la antología "El Fin de la nostalgia" y "Enviados Especiales".

FOTOGALERIAS RELACIONADAS

GALERIA MULTIMEDIA RELACIONADAS

GRÁFICOS ANIMADOS RELACIONADOS

NOTAS RELACIONADAS

Simpatía por el débil

TOLVANERA / Roberto Zamarripa



We need him strong (Lo necesitamos fuerte), dijo Susan Rice, la consejera de Seguridad Nacional de Barack Obama a la entonces canciller mexicana Claudia Ruiz Massieu.

Recién había ocurrido la intempestiva visita de Donald Trump a Los Pinos con efectos demoledores para la confianza entre los dos gobiernos y devastadores para la popularidad del presidente Enrique Peña.


La visita de Trump era un golpe bajo en la relación y así se lo hizo saber la administración demócrata a la Cancillería mexicana.

¿Quién lo decidió?, fue la pregunta insistente de funcionarios estadounidenses. Toparon con una respuesta común: Luis Videgaray. ¿Puede un solo hombre decidir eso?, reiteraron. Sí, fue la respuesta.

Pero pasado el trago amargo advirtieron: necesitamos fuerte al presidente Peña.

Ahora, Peña Nieto llegará débil el 31 de enero a Washington. En el punto más bajo de su popularidad. El olfateo de su debilidad de parte del gobierno de Donald Trump marca los ritmos, la prisa, la necesidad de acudir a una renegociación de temas anquilosados, disfuncionales, eludidos, como la desactualización de las reglas del libre comercio y la desastrosa relación migratoria.

· · ·
 
El presidente Peña siempre pensó que Trump podría ganar las elecciones estadounidenses. Incluso, según allegados, estimaba que no sería difícil una relación con él, ya estando en la Casa Blanca.

Para el gobierno de México las presiones de la administración Obama, particularmente en el tema de derechos humanos y de migración, eran molestas y de difícil manejo.

Hillary Clinton encarnaba la continuidad de esa presión al grado de que podría reproducirse en México un mecanismo de injerencia como el ocurrido en Guatemala que en nombre del combate a la corrupción concluyó con la deposición del gobierno nacional.

Donald Trump ganó y los bandazos del gobierno mexicano en la campaña electoral no pasaron desapercibidos para el magnate y su equipo.

Ahora que las cosas se han invertido Luis Videgaray fue convertido en el rector de la política exterior... y también interior. Pareciera una minucia pero la manera como fue decidida y comunicada la extradición de Joaquín Guzmán Loera rebasó a la propia Secretaría de Gobernación, presuntamente encargada del asunto.

Fue la Cancillería la que informó de la extradición hacia fuera y hacia adentro.

La presencia de Videgaray ha redimensionado el equilibrio interno del gabinete federal y con ello la carrera sucesoria hacia el 2018.

La nueva administración Trump tiene claro lo que para la de Obama era duda: un solo hombre puede tomar esas decisiones.

El asunto es que la fortaleza de Videgaray no se transfiere mecánica e inmediatamente en una fortaleza de su superior. Para cualquier efecto, Peña va de salida y lo que intenta ajustar su gobierno es un cierre de sexenio lo menos turbulento posible, particularmente en materia de finanzas y de economía.

La premisa con la que el equipo mexicano acude a negociar a Washington es que se da por descontado que el TLC será renegociado, es decir que no habrá resistencia alguna a abrir ese capítulo para su revisión. Igualmente en el tema del muro. El gobierno mexicano acudirá a sus citas a Washington asumiendo que la decisión de construir un muro se dará muy a pesar de la oposición nacional.

El problema de todas formas no es si los funcionarios que acuden a Washington se envuelven en la bandera nacional y aguantan los embates y las diatribas.

El problema es que estamos ante un cambio de época. No es un simple inicio de relación con un gobierno en turno. Es un cambio de etapa, de mentalidad, de perspectiva.

Paradójicamente Trump y Peña tendrán muchos puntos de coincidencia. Entre otros estará el de renovar una relación donde aquellos asuntos que molestaban mucho a la administración mexicana queden a un lado: derechos humanos, corrupción, combate al narcotráfico.

Apartarlos será un alivio para México. La moneda de cambio, empero, no supone mejoras, menos desde la posición de mando que asume Trump y la de debilidad de Peña.

 
tolvanera06@yahoo.com.mx