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Arde Jerusalén



Isabel Turrent
en REFORMA


La lección fundamental del 2017 es que los demagogos (que buscan encandilar y seducir a los votantes más que convencerlos), y los populistas (que pretenden, además, ser la encarnación del pueblo), hacen hasta lo imposible por cumplir lo que prometieron. Y lo cumplen, a pesar de que se estrellen con la realidad.

No hay responsabilidad histórica, ni deberes con la democracia y sus instituciones que los detengan. Ellos van a construir un orden nuevo al servicio del "pueblo" que la historia ha dejado atrás. Son alérgicos a la crítica y a cualquier versión de la realidad que no sea la suya. Ambas son desechables: "fake news".

La realidad no importa porque los demagogos y los populistas no apelan a la racionalidad del votante sino a sus sentimientos. Alimentan sus prejuicios y antipatías para consolidar una base de electores cautivos, alérgicos al debate. Polarizan y dividen a la sociedad para obstaculizar el intercambio de ideas para llegar a un consenso, que es una condición indispensable para que florezca la democracia.

Donald Trump está en el centro de este universo de irracionalidad, lemas simplones y ocurrencias; de la manipulación de votantes desinformados a través de la repetición altisonante de sus metas -con ayuda de las redes y sus datos- y de soluciones imposibles y promesas descabelladas.

Esta semana, Trump decidió cumplir una de esas promesas y ordenó que la embajada norteamericana en Israel se mudara de Tel Aviv, donde residen todos los embajadores acreditados en el país, a Jerusalén. Reconoció así, de un plumazo, que Jerusalén es la capital de Israel, a contracorriente de los innumerables planes de paz entre israelíes y palestinos que han establecido desde siempre que el status de Jerusalén -ciudad que los palestinos reclaman también como su capital- se decidiría como parte de un acuerdo de paz.

Enterró también el rol de intermediario privilegiado que Estados Unidos ha jugado, cuya legitimidad se deriva de mantener, al menos, la apariencia de neutralidad entre palestinos e israelíes. Sepultó asimismo cualquier posibilidad de que se establezca un Estado palestino en los territorios ocupados del Margen Occidental y Gaza. El último clavo en el ataúd de la única solución posible para resolver el conflicto entre israelíes y palestinos: la creación de dos Estados.

La medida de Trump apoya abiertamente a Netanyahu, el primer ministro israelí, que detrás de una muralla de falsas profesiones de paz ha buscado siempre desmantelar el movimiento nacional palestino, y a su base electoral: los pobladores ultraortodoxos que ocupan día a día porciones del territorio de un futuro Estado palestino.

Pero su mira estaba puesta también en el ámbito doméstico. En la consolidación del voto de los cristianos evangélicos que fue clave para su victoria. Recibió el 81% de sus votos en 2016. Tienen a su mejor representante en el corazón de la Casa Blanca, el evangélico vicepresidente (que no cree en la evolución y le tiene terror a las mujeres), Mike Pence.

Con Pence a sus espaldas y adornos navideños por todas partes, Trump decidió alimentar la irracionalidad de este electorado estratégico. Jerusalén ocupa un lugar central en su visión religiosa.

Los cristianos evangélicos creen a pie juntillas que sólo la ocupación judeo cristiana del Monte del Templo -y la reconstrucción del Templo- acelerará la llegada del "tiempo final". Aquel en el cual los resucitados y los vivientes de bien serán extraídos por Dios de la Tierra y llevados directamente al cielo.

Líderes evangélicos celebraron el decreto de Trump como el "cumplimiento de las profecías bíblicas". No le tienen miedo a la violencia: esperan con ansia la batalla de Armageddon que precederá, dicen, el regreso de Cristo.

Trump y los fanáticos que lo siguen pueden empezar a contar las víctimas de su mini Armageddon. Miles de palestinos han salido a las calles a manifestar su "rabia" por la inaceptable decisión de mover la embajada a Jerusalén. En tan sólo tres días, los enfrentamientos entre manifestantes y las fuerzas de seguridad israelíes han dejado cuatro muertos y decenas de heridos y provocado incontables protestas en distintos países árabes que son leña a la hoguera de la inestabilidad en la región y a las pulsiones terroristas de los fundamentalistas islámicos.

 
 
editorial@reforma.com
 
 
 


Estudió Historia del Arte en la UIA y Relaciones Internacionales y Ciencia Política en El Colegio de México y la Universidad de Oxford, Inglaterra. Ha publicado cinco libros sobre asuntos internacionales, y en el 2006, La aguja de luz, una novela histórica sobre Mallorca. Es colaboradora de Letras Libres y editorialista de Reforma desde su fundación. Ha impartido cátedra en las principales universidades del país sobre temas internacionales.
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