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Si queremos que el espíritu de 1968 renazca, se necesita que los jóvenes volteen a mirar a sus predecesores.

Jorge Volpi
en REFORMA


Este año se cumplirán 50 años del movimiento estudiantil de 1968 y México se desangra. Más de cien mil homicidios y un número incalculable de desaparecidos y desplazados desde que se inició la guerra contra el narco están ahí para recordárnoslo. Éste no es el país que imaginaron -por el que se batieron y por el que algunos murieron- los jóvenes que cinco décadas atrás se alzaron contra la represión. Tampoco el que ansiaron construir al lado de los maestros, artistas, intelectuales y ciudadanos que los acompañaron en su aventura democratizadora y crítica.

Luce, más bien, como su reverso: si algunas de las escenas más dramáticas de entonces corresponden a las semanas en que los tanques ocuparon Ciudad Universitaria o el IPN, hoy los vehículos militares, con sus sofisticados armamentos y sus tripulantes asidos a sus rifles de asalto, se han convertido en el paisaje habitual en un sinfín de comarcas en la República. Y, si rememoramos el 2 de octubre como uno de los episodios infamantes de nuestra historia, apenas en 2014, en Iguala, otros estudiantes volvieron a ser asesinados o desaparecidos por una alianza entre criminales y nuestras fuerzas de seguridad.

Nadie, en 1968, hubiera podido prever esta deriva. El relato que nos empeñamos en escribir era otro: el de un paréntesis en nuestra historia reciente, en la que la ceguera de unos siniestros políticos -Díaz Ordaz, Echeverría- provocó que nuestro extravagante modelo político oscilase durante unos meses hacia la dictadura. Conjurado el peligro, poco a poco -muy poco a poco-, los ciudadanos conquistaron nuevos derechos, así como una sucesión de reformas políticas que nos llevó primero a la alternancia y luego a la democracia en pleno.

Tlatelolco como mito fundador y luego un ascenso pausado pero sostenido hacia un mejor futuro. Sólo que ese futuro terminó por ser el México de 2018, con sus saldos propios de una guerra civil. Nunca, desde 1968 -con sus secuelas en la guerra sucia de los setenta-, se habían producido tantas violaciones a los derechos humanos; tantos abusos por parte de las fuerzas de seguridad; tantos asesinatos de periodistas; tanta colusión entre el crimen organizado y las autoridades.

¿Cómo pudo ocurrir esto? ¿No se suponía que la democracia y la defensa irrestricta de los derechos humanos, por los que luchamos desde el movimiento estudiantil, nos garantizarían un país próspero, equitativo, libre, seguro? Si resulta imposible entender el México de hoy sin Tlatelolco, se impone revisar el juicio para detectar en el autoritarismo de entonces un anticipo de nuestro actual desastre. Si por una parte no puede negarse que los derechos arduamente ganados en estas cinco décadas encuentran su origen en el 68, tal vez habría que detectar otros ecos del 68 en el militarismo, la corrupción y el desdén hacia los ciudadanos que dominan a los líderes de nuestra época.

Tal vez la decisión de Díaz Ordaz de emplear al Ejército para enfrentar la que a su juicio era la mayor amenaza para el régimen de la revolución (los estudiantes) encuentre cierto paralelismo en la decisión de Calderón, continuada por Peña Nieto, de enfrentar la que a su juicio es la mayor amenaza para nuestra democracia (los narcos) valiéndose de los mismos instrumentos. No pretendo equiparar los dos casos -Díaz Ordaz reprimió a ciudadanos pacíficos, Calderón y Peña Nieto persiguen criminales-, sino resaltar la coincidencia de sus estrategias: instaurar un estado de excepción -de unos cuantos meses, en el caso de Díaz Ordaz; de más de una década, en el de Calderón-Peña Nieto- que concede un lugar preponderante en nuestra vida pública a las Fuerzas Armadas.

Si queremos que en 2018, decisivo año electoral, el espíritu de 1968 renazca o resucite, se necesita que nuestros jóvenes volteen a mirar a sus predecesores de entonces y se contagien de un renovado espíritu revolucionario y crítico que los impulse a cambiar drásticamente el ineficaz sistema que hemos construido en estos 10 o 20 años con el anhelo de construir una democracia que se parezca más a la que empezamos a imaginar hace 50 años.

 
@jvolpi
 
 
 


(México, 1968). Es autor de la novelas En busca de Klingsor, El fin de la locura, No será la Tierra, El jardín devastado, Oscuro bosque oscuro y La tejedora de sombras. Y de ensayos como Mentiras contagiosas, El insomnio de Bolívar y Leer la mente. En 2009 obtuvo el Premio José Donoso de Chile por el conjunto de su obra. Sus libros han sido traducidos a 25 idiomas. En 2014 se publicará su novela Memorial del engaño.

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