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Nuestra violencia



Genaro Lozano
en REFORMA


México se ha convertido en una fosa común. En la numeralia de los muertos y desaparecidos del sexenio pasado que se juntan con los muertos y desaparecidos del actual. Entre el sexenio de Felipe Calderón y el de Enrique Peña Nieto nada ha cambiado en la política de seguridad. El mismo enfoque con los mismos resultados.
Tal vez lo único que cambió de un sexenio al otro fue la instrumentación de una política de relaciones públicas, la que creó la narrativa mundial del Mexican Moment, que hoy ya no se sostiene. Un país no se gobierna con relaciones públicas. Un país no se cura de su violencia con pactos de élites que prometen mover a México, acallando la oposición y los contrapesos al poder, y dejando de hablar del mal que nos aqueja.

México nació de un proceso violento y a lo largo de los siglos nuestra historia nacional se ha escrito con tinta de sangre. La violencia de la guerra de independencia, la violencia de la guerra cristera, la violencia de la revolución mexicana, la violencia de la guerra sucia, la violencia del conflicto chiapaneco, la de los magnicidios de los 90.

México se ha acostumbrado más recientemente a la violencia, a las decapitaciones, a escuchar que en el sexenio de Calderón desaparecieron más de 26 mil personas y fueron ejecutadas más de 80, 90 ó 100 mil. La narrativa de la violencia que nos relata cómo en lo que va del sexenio de Peña Nieto han muerto de forma violenta más de 57 mil personas y a que activistas denuncien hasta 17 desapariciones por día.

México ha normalizado la violencia, la simbólica, la real. La que separa a familias, la que roba el futuro de jóvenes, la que desaparece a mujeres y las olvida. La que acumula nombres que cambian de significado como Atenco, Ciudad Juárez, Guardería ABC, San Fernando, News Divine, San Bernardo Chalchihuapan, Tlatlaya, Ayotzinapa y los que sigan. La violencia de la letra de su himno nacional que clama "Mexicanos al grito de guerra", como una profecía autocumplida, como un destino. La violencia de su clasismo, de su racismo, de su misoginia, de su homofobia, de su bullying en las escuelas, de la brecha entre la clase política y la ciudadanía, la de la violencia de la convivencia diaria en un país en el que coexiste un 40% de pobres con el hombre más rico del mundo. La violencia del maltrato animal. La violencia del país de los privilegios para quienes tienen un apellido de alcurnia, de las dinastías políticas e intelectuales.

Hoy estamos horrorizados con Ayotzinapa y los 43 normalistas desaparecidos y ya parecemos haber olvidado San Fernando y los 72 transmigrantes asesinados. La conciencia nacional se aboca a la tragedia o al "horror del momento". Hoy la clase política se echa la culpa y nadie asume la responsabilidad del Estado, que somos todos. El gobierno federal, tan centralista para muchas cosas, le dice al ámbito local y municipal que la responsabilidad es suya y éstos le avientan la bola al federal. Algunos defensores de derechos humanos, como Jesús Robles Maloof, hacen bien en la autocrítica y en decir que la sociedad civil, la defensora de derechos humanos, ha fracasado en evitar el horror de Ayotzinapa. Hemos fracasado tod@s.

Al margen de todas las preguntas que quedan sin resolver, de la indignación que podamos sentir, de la indiferencia que otros sientan, de la falta de empatía con una escuela rural en Guerrero, bien vale la pena pensar qué se puede hacer para conocer la verdad y para evitar futuras tragedias.

Vale la pena ver otras historias de horror. Los 17 años de la dictadura de Augusto Pinochet en Chile han sido estudiados como uno de los períodos más violentos e inhumanos de la historia de América Latina. Su saldo, "apenas" 3 mil 65 personas desaparecidas, pero su lección principal: un país que ha construido instituciones democráticas, que ha enterrado el pasado autoritario y que vive un proceso de reconciliación nacional desde entonces y que se ha comprometido con esclarecer la verdad a través de su Comisión Nacional de la Verdad y Reconciliación.

Tal vez hoy sea demasiado pronto para hablar de una comisión de reconciliación en México para el periodo más reciente de nuestra violenta historia, pues en general éstas han funcionado después de que terminan procesos de dictaduras militares. Sin embargo, la violencia actual en México se ha dado bajo periodos de "normalidad democrática", bajo una presidencia cuestionada como ilegítima, pero surgida de un proceso electoral, y bajo otra que ganó con un amplio margen. Ambas con el mismo resultado, una violencia que no cesa.

Una comisión de la violencia que obligue al Estado mexicano a reparar el daño de las víctimas, que sea innovadora en su diseño institucional, que coordine las acciones de prevención de la violencia, que la estudie en sus múltiples formas, que obligue a las autoridades a pedir disculpas oficiales por la omisión y la indiferencia de nuestras tragedias nacionales. Una comisión contra la violencia y por la verdad que inicie el proceso de reconciliación nacional que necesitamos empezar a construir como sociedad, que nos vacune del horror, que nos sacuda y comprometa a todos contra la violencia de la que somos corresponsables.

www.reforma.com/blogs/genarolozano
@genarolozano


Politólogo por The New School for Social Research e Internacionalista por el ITAM. Profesor en la UIA desde el 2007 y en el ITAM (2005-2012). Coautor de varios libros académicos como Same Sex Marriage in Latin America: Promise and Resistance, La política exterior de México y ¿Qué es Estados Unidos? Analista político en CNN y el IMER. Conductor del programa Sin Filtro, en Televisa. Fue Subdirector de la Revista Foreign Affairs Latinoamérica.

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Tal vez lo único que cambió de un sexenio al otro fue la instrumentación de una política de relaciones públicas, la que creó la narrativa mundial del Mexican Moment, que hoy ya no se sostiene. Un país no se gobierna con relaciones públicas. Un país no se cura de su violencia con pactos de élites que prometen mover a México, acallando la oposición y los contrapesos al poder, y dejando de hablar del mal que nos aqueja.

México nació de un proceso violento y a lo largo de los siglos nuestra historia nacional se ha escrito con tinta de sangre. La violencia de la guerra de independencia, la violencia de la guerra cristera, la violencia de la revolución mexicana, la violencia de la guerra sucia, la violencia del conflicto chiapaneco, la de los magnicidios de los 90.

México se ha acostumbrado más recientemente a la violencia, a las decapitaciones, a escuchar que en el sexenio de Calderón desaparecieron más de 26 mil personas y fueron ejecutadas más de 80, 90 ó 100 mil. La narrativa de la violencia que nos relata cómo en lo que va del sexenio de Peña Nieto han muerto de forma violenta más de 57 mil personas y a que activistas denuncien hasta 17 desapariciones por día.

México ha normalizado la violencia, la simbólica, la real. La que separa a familias, la que roba el futuro de jóvenes, la que desaparece a mujeres y las olvida. La que acumula nombres que cambian de significado como Atenco, Ciudad Juárez, Guardería ABC, San Fernando, News Divine, San Bernardo Chalchihuapan, Tlatlaya, Ayotzinapa y los que sigan. La violencia de la letra de su himno nacional que clama "Mexicanos al grito de guerra", como una profecía autocumplida, como un destino. La violencia de su clasismo, de su racismo, de su misoginia, de su homofobia, de su bullying en las escuelas, de la brecha entre la clase política y la ciudadanía, la de la violencia de la convivencia diaria en un país en el que coexiste un 40% de pobres con el hombre más rico del mundo. La violencia del maltrato animal. La violencia del país de los privilegios para quienes tienen un apellido de alcurnia, de las dinastías políticas e intelectuales.

Hoy estamos horrorizados con Ayotzinapa y los 43 normalistas desaparecidos y ya parecemos haber olvidado San Fernando y los 72 transmigrantes asesinados. La conciencia nacional se aboca a la tragedia o al "horror del momento". Hoy la clase política se echa la culpa y nadie asume la responsabilidad del Estado, que somos todos. El gobierno federal, tan centralista para muchas cosas, le dice al ámbito local y municipal que la responsabilidad es suya y éstos le avientan la bola al federal. Algunos defensores de derechos humanos, como Jesús Robles Maloof, hacen bien en la autocrítica y en decir que la sociedad civil, la defensora de derechos humanos, ha fracasado en evitar el horror de Ayotzinapa. Hemos fracasado tod@s.

Al margen de todas las preguntas que quedan sin resolver, de la indignación que podamos sentir, de la indiferencia que otros sientan, de la falta de empatía con una escuela rural en Guerrero, bien vale la pena pensar qué se puede hacer para conocer la verdad y para evitar futuras tragedias.

Vale la pena ver otras historias de horror. Los 17 años de la dictadura de Augusto Pinochet en Chile han sido estudiados como uno de los períodos más violentos e inhumanos de la historia de América Latina. Su saldo, "apenas" 3 mil 65 personas desaparecidas, pero su lección principal: un país que ha construido instituciones democráticas, que ha enterrado el pasado autoritario y que vive un proceso de reconciliación nacional desde entonces y que se ha comprometido con esclarecer la verdad a través de su Comisión Nacional de la Verdad y Reconciliación.

Tal vez hoy sea demasiado pronto para hablar de una comisión de reconciliación en México para el periodo más reciente de nuestra violenta historia, pues en general éstas han funcionado después de que terminan procesos de dictaduras militares. Sin embargo, la violencia actual en México se ha dado bajo periodos de "normalidad democrática", bajo una presidencia cuestionada como ilegítima, pero surgida de un proceso electoral, y bajo otra que ganó con un amplio margen. Ambas con el mismo resultado, una violencia que no cesa.

Una comisión de la violencia que obligue al Estado mexicano a reparar el daño de las víctimas, que sea innovadora en su diseño institucional, que coordine las acciones de prevención de la violencia, que la estudie en sus múltiples formas, que obligue a las autoridades a pedir disculpas oficiales por la omisión y la indiferencia de nuestras tragedias nacionales. Una comisión contra la violencia y por la verdad que inicie el proceso de reconciliación nacional que necesitamos empezar a construir como sociedad, que nos vacune del horror, que nos sacuda y comprometa a todos contra la violencia de la que somos corresponsables.

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@genarolozano