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Ritual de Conchi León

PÁNICO ESCÉNICO / José Ramón Enríquez


Don Alfredo Barrera Vásquez en su Introducción a El libro de los Cantares de Dzitbalché establece con el sitio fundamental que ocupaba el teatro en las culturas mayas prehispánicas y la manera en que los misioneros lo mismo lo extirparon que lo manipularon.

Había, como en el teatro occidental, un valor ritual más o menos explícito. Ese mismo valor lo encuentro en las obras mejores de Conchi León, en las más personales. No porque busque alimentarse explícitamente en esas fuentes ni, mucho menos, hacer teatro etnográfico. Es solo que el mundo maya está vivo en la península y lo impregna todo. Sobre todo la creación de alguien tan pegado a sus raíces y a su propia biografía.

Barrera Vásquez señala como una posible unidad los Cantares 1 y 13 que "describen a los danzantes sacrificadores del sacrificio a flechazos y a la víctima; se dirige a ésta animándola..." Esos Cantares recuerdan la ofrenda anual del joven que representaba a Tezcatlipoca, en el mundo náhuatl, o el asaeteamiento del San Sebastián de los cristianos, constante productor de imágenes bastante paganas hasta el día de hoy. Y mucho de estas memorias de sincretismo, de viva religiosidad o de pura imaginería, lo he encontrado siempre en Conchi León desde su Mestiza power. Ahora, en Del manantial del corazón, todo ello se decanta.

Incluso en ciertos momentos su prosa me recordó los tonos de los Cantares 1 y 13 de Dzitbalché, pero sobre todo la agria dulzura sacrificial presente incluso en los alegres rituales del nacimiento, porque en Del manantial del corazón, dice el programa de mano, la autora "compila rituales y cuidados acerca del pre y post parto en las mujeres yucatecas, así como los rituales y cuida dos que se realizan en la primera infancia..."
 
Conchi León es una espléndida actriz y suele actuar y dirigir sus obras como muchos de los dramaturgos que hablan, sobre todo, a partir de sí mismos y conocen su propia respiración y el valor de los miedos en contradicción a lo efímero de sus sonrisas. Y nadie es más iróni-co consigo mismo, hasta llegar al autoescarnio, que este tipo de autores-actores de sus obras.

En Del manantial del corazón Conchi León arranca con una escena burlesca que parecería un guiño para quien pretende asistir a uno más de esos espectáculos que se burlan de una, la de las mestizas (en Mérida los indígenas son llamados mestizos lo cual daría para análisis sobre desprecios y odios raciales). Pero, muy pronto, cuando el público que es apenas de cuarenta personas por decisión de la directora y para cuidar la ritualidad del espectáculo, suelta el cuerpo y se prepara a reír como de costumbre, Conchi León cambia el tono y electrocuta a los asistentes. Ya con la guardia baja se recorren los ritos y se permite, con una generosidad digna de agradecerse, que participe el público en ellos hasta conseguir un fervor inesperado.

Son sólo tres actrices, pero espléndidas: la autora, Andrea Herrera y ese ángel escénico que es Addy Teyer. La música de Pedro Carlos Herrera, exacta en su participación, acompaña el ritual pero no trata de disfrazarse de nada: es simplemente.

Cada vez que Conchi-Tezcatlipoca se sacrifica a sí mis-ma con generosidad pule más su dramaturgia y alcanza un umbral mayor en su carrera.

 
 
enriquezjoseramon@gmail.com
 
 
 
 
 
 

Nació en México D.F. quince días después de La Bomba en Hiroshima. Es ya de la Era Atómica. Heredó el exilio español de su padre y el fervor católico de su madre. Un oxímoron, pues, se acepta barroco desde chiquito. Poeta, dramaturgo, actor y director de escena. No sabe si la liturgia lo llevó al teatro o viceversa. Vive sus militancias desde abajo y el escenario desde arriba. Tampoco sabe si pánico deriva del dios Pan o es puro miedo.

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