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¿Qué hacer con la Constitución?



Diego Valadés
en REFORMA


Si la Constitución es, entre otras cosas, el estatuto jurídico del poder, resulta comprensible que la estabilidad de la norma sea un requisito para la estabilidad de lo normado.

Esa consideración nada tiene en común con las posiciones conservadoras que abogan por la inmutabilidad del poder y de su regulación; por el contrario, para que una sociedad fluya de manera creativa e innovadora convienen reglas permanentes que hagan previsibles las acciones del poder y den certidumbre al ejercicio de las libertades.

En 1905 James Bryce, político y jurista británico, publicó un ensayo que se haría célebre: "Constituciones flexibles y constituciones rígidas". Mediante el estudio de regularidades históricas llegó a la conclusión de que las constituciones se diferenciaban de las demás leyes porque su elaboración y reforma correspondían a procedimientos dificultados y a mayores requisitos que los adoptados para el resto del sistema normativo. Esto explica la supremacía de la Constitución, punto de referencia para todas las decisiones del Estado.

Una Constitución plasma el acuerdo en el que se fundamentan la sociedad política y su organización estatal. Por eso las primeras constituciones preveían plazos muy largos antes de que pudieran ser reformadas. La Constitución francesa de 1791, por ejemplo, establecía que sólo después de la tercera legislatura serían admisibles proyectos de reforma. La primera Constitución del México independiente, en 1824, prohibía cualquier modificación antes de 1830 y a partir de esa fecha las reformas propuestas por una legislatura sólo podrían ser aprobadas por la siguiente.

La rigidez excesiva hizo más sencillo sustituir las constituciones que modificarlas. Por eso la de 1857 adoptó al sistema de reforma todavía en vigor, que facilitó cambiar la Constitución para no cambiar de Constitución. Pero con el tiempo nos fuimos al extremo opuesto, y las reformas se hicieron tantas, tan frecuentes y tan barrocas, que la norma suprema se fue desfigurando. Ahora la inestabilidad del texto tiene repercusiones negativas para el conjunto de las instituciones, porque una base jurídica insegura y volátil no puede dar soporte a instituciones estables. Una Constitución fugaz genera un poder inasible e impredecible, en el que no se puede confiar.

Si se continúa por la pendiente que llevamos, la Constitución se volverá inservible en poco tiempo más y nos lanzará al vacío de la anomia. Por eso es necesaria una "tregua", como la ha denominado el constitucionalista Miguel Carbonell, para que antes de seguirla reformando, o incluso debatir su sustitución, nos demos la oportunidad de hacerla funcional una vez más.

El arte de la política constitucional consiste en un adecuado balance entre la dinámica social y la estabilidad institucional. Los cambios normativos incesantes no son por necesidad sinónimo de progreso, así como la estabilidad no en todos los casos equivale a conservadurismo.

En el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM se han hecho tres encuestas para medir la percepción social de la Constitución. La pregunta acerca de si la Constitución es adecuada a las necesidades del país fue respondida de manera afirmativa por el 45.6% en 2001, por el 27.8 en 2011 y por el 22.2 en 2015. El declive es evidente y de proporciones alarmantes.

En el Instituto no aceptamos permanecer como testigos de un naufragio; queremos contribuir a evitarlo. Por eso hemos preparado una solución, así sea provisional: reordenar y consolidar el texto vigente. Respetamos el contenido actual de la Constitución; su reordenación consiste en aplicar el rigor técnico necesario para poner cada pieza en su lugar y, al consolidarla, reescribiendo muchos fragmentos y reduciendo su extensión a casi dos tercios de la actual, buscamos hacerla legible para cualquier ciudadano.

En ese esfuerzo participamos varios constitucionalistas con el ánimo de ofrecer a la sociedad y a sus dirigentes una versión de la Constitución que luego permita hacerle las numerosas adecuaciones que exige una democracia madura. Hay que facilitar el acuerdo futuro entre los dirigentes y propiciar la adhesión de la sociedad a su norma suprema. La Constitución debe dar a los gobernados una base sólida y segura para inspirarles confianza en las instituciones públicas.

Lo que se haga por la Constitución se hará por la concordia social y por la estabilidad institucional. Una Constitución organiza al Estado y también es el libro laico de un pueblo.

 
@dvalades
 
 
 
 
 
 


Diego Valadés. Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas y profesor de la Facultad de Derecho de la UNAM. Es miembro de El Colegio Nacional, de la Academia Mexicana de la Lengua y de El Colegio de Sinaloa. Es autor de numerosas obras de derecho constitucional, entre las que figuran: La dictadura constitucional en América Latina, El control del poder, El gobierno de gabinete, La parlamentarización de los sistemas presidenciales.

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