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La unidad, ¿para qué?



Roger Bartra
en REFORMA


Con este mismo título publiqué hace más de treinta años un ensayo en el que criticaba la obsesión de la izquierda por la unidad. En aquella época, mediados de los años ochenta, la izquierda pasaba por una etapa de fusiones que culminó en 1988 con la campaña electoral de Cuauhtémoc Cárdenas. Desde entonces se podía ver que la unidad de la izquierda era más un mito que una realidad. En esos años la izquierda exaltaba la unidad y la derecha apoyaba la pluralidad. Muy pronto se vio que esta confrontación era una fantasía, pues la parte hegemónica de la derecha -el PRI- también exaltaba la unidad, mientras que una parte de la izquierda impulsaba la diversidad democrática. La idea de la unidad de la izquierda tiene un origen marxista-leninista: se suponía que la sociedad estaba dividida en dos partes, los trabajadores y los explotadores. Era necesaria, se pensaba, la unidad de los primeros para derrocar el poder de la clase dominante. Una vez en el poder, los leninistas y los maoístas -en nombre de la unidad- se dedicaron a reprimir a sus antiguos aliados. El núcleo puro y duro en torno al cual se gestó una unidad más bien forzada comenzó a denunciar las desviaciones para enseguida proceder a su liquidación.

En aquel ensayo de 1985 (Nueva Antropología #27) manifestaba mi extrañeza ante el hecho anómalo de que habiendo la izquierda adoptado la idea de la democracia política, no hubiera al mismo tiempo puesto en duda sus nociones dogmáticas sobre la unidad. El mito de la unidad tiene una larga trayectoria en la izquierda, desde la "unidad de la clase obrera frente al capital" hasta la "unidad de la izquierda". Hoy, más de treinta años después, en la izquierda mexicana muchos pretenden resucitar el viejo mito de la unidad. Ahora se habla de la unidad del "pueblo" frente a los poderosos. Para lograr esta unidad es necesario cerrar filas en torno al líder que, se supone, representa al "pueblo". Todos los que están fuera de esta unidad son, se dice, una minoría despreciable de traidores o parte de la mafia que está en el poder. Con estas ideas primitivas se pretende frenar las alianzas de la izquierda reformista con la derecha democrática en las elecciones del 2017 en tres estados. La elección más significativa será la del Estado de México donde siempre ha gobernado el PRI. Aquí, aun suponiendo que se unieran el PRD y Morena, la izquierda no ganaría la gubernatura. En cambio, la alianza del PRD con el PAN tendría alguna posibilidad de ganar y así la izquierda contribuiría a derrotar al autoritarismo en un lugar emblemático.

El problema es que en la izquierda se desconfía de la fuerza de las ideas y se prefiere la aglutinación en torno de un cacique o un caudillo. Una izquierda democrática debería más bien consolidar con inteligencia una corriente reformista de ideas, sólidamente basada en una cultura cívica plural y creativa. Es lo que intentó hacer Agustín Basave en el PRD, pero aparentemente fracasó y ahora resurgen en este partido inclinaciones duras. El PRD no ha logrado pasar de la diversidad de tribus a la pluralidad de corrientes ideológicas bien definidas.

La derecha está dividida al menos en dos partidos, el PRI y el PAN, y no manifiesta ninguna intención de alcanzar la unidad. Al contrario, predomina la hostilidad entre estos dos partidos, aunque en ocasiones pactan. ¿Por qué, en contraste, en la izquierda se extiende la obsesión por la unidad? ¿Por qué resucita el viejo mito? La explicación en parte se encuentra en la influencia del maniqueísmo populista y en la debilidad de una cultura progresista capaz de crear y absorber ideas frescas para entender las nuevas realidades del mundo en que vivimos.

En las elecciones presidenciales de 2018 la izquierda tiene muy pocas probabilidades de triunfar, aun suponiendo que vaya unida. Como seguramente ello ocurriría apoyando al candidato populista, las posibilidades de ganar todavía serían más exiguas. Sería mucho más sano, en lugar de consumirse de nuevo en una batalla estéril, que se mantuviese dividida. Cada parte se vería obligada a definirse con claridad, a decantar sus ideas y a probar su fuerza real. La unidad en 2018 mantendría el desconcierto y bloquearía la posibilidad de que reformistas y populistas alcanzasen un perfil propio acorde con sus bases sociales.

 
 
 
 


Antropólogo y sociólogo, doctorado en la Sorbona de París, investigador emérito de la UNAM, ex director de La Jornada Semanal, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, investigador honorario de Birkbeck (Universidad de Londres). Autor de La jaula de la melancolía, Las redes imaginarias del poder político, El mito del salvaje, La sombra del futuro, Territorios del terror y la otredad y La sangre y la tinta: reflexiones sobre la condición postmexicana.

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En aquel ensayo de 1985 (Nueva Antropología #27) manifestaba mi extrañeza ante el hecho anómalo de que habiendo la izquierda adoptado la idea de la democracia política, no hubiera al mismo tiempo puesto en duda sus nociones dogmáticas sobre la unidad. El mito de la unidad tiene una larga trayectoria en la izquierda, desde la "unidad de la clase obrera frente al capital" hasta la "unidad de la izquierda". Hoy, más de treinta años después, en la izquierda mexicana muchos pretenden resucitar el viejo mito de la unidad. Ahora se habla de la unidad del "pueblo" frente a los poderosos. Para lograr esta unidad es necesario cerrar filas en torno al líder que, se supone, representa al "pueblo". Todos los que están fuera de esta unidad son, se dice, una minoría despreciable de traidores o parte de la mafia que está en el poder. Con estas ideas primitivas se pretende frenar las alianzas de la izquierda reformista con la derecha democrática en las elecciones del 2017 en tres estados. La elección más significativa será la del Estado de México donde siempre ha gobernado el PRI. Aquí, aun suponiendo que se unieran el PRD y Morena, la izquierda no ganaría la gubernatura. En cambio, la alianza del PRD con el PAN tendría alguna posibilidad de ganar y así la izquierda contribuiría a derrotar al autoritarismo en un lugar emblemático.

El problema es que en la izquierda se desconfía de la fuerza de las ideas y se prefiere la aglutinación en torno de un cacique o un caudillo. Una izquierda democrática debería más bien consolidar con inteligencia una corriente reformista de ideas, sólidamente basada en una cultura cívica plural y creativa. Es lo que intentó hacer Agustín Basave en el PRD, pero aparentemente fracasó y ahora resurgen en este partido inclinaciones duras. El PRD no ha logrado pasar de la diversidad de tribus a la pluralidad de corrientes ideológicas bien definidas.

La derecha está dividida al menos en dos partidos, el PRI y el PAN, y no manifiesta ninguna intención de alcanzar la unidad. Al contrario, predomina la hostilidad entre estos dos partidos, aunque en ocasiones pactan. ¿Por qué, en contraste, en la izquierda se extiende la obsesión por la unidad? ¿Por qué resucita el viejo mito? La explicación en parte se encuentra en la influencia del maniqueísmo populista y en la debilidad de una cultura progresista capaz de crear y absorber ideas frescas para entender las nuevas realidades del mundo en que vivimos.

En las elecciones presidenciales de 2018 la izquierda tiene muy pocas probabilidades de triunfar, aun suponiendo que vaya unida. Como seguramente ello ocurriría apoyando al candidato populista, las posibilidades de ganar todavía serían más exiguas. Sería mucho más sano, en lugar de consumirse de nuevo en una batalla estéril, que se mantuviese dividida. Cada parte se vería obligada a definirse con claridad, a decantar sus ideas y a probar su fuerza real. La unidad en 2018 mantendría el desconcierto y bloquearía la posibilidad de que reformistas y populistas alcanzasen un perfil propio acorde con sus bases sociales.