OPINIÓN

Caníbales

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES / Catón EN REFORMA

3 MIN 30 SEG

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"Acúsome, padre, de que todos los días cometo el pecado de ira". Eso le dijo Pirulina al padre Arsilio en el confesonario. "Grave culpa es ésa, hija mía -la amonestó el presbítero-. La cólera es siempre mala consejera. Ira initium insaniae. La ira es el principio de la locura. Lo dijo Cicerón en una de sus Cuestiones Tusculanas, la IV para ser más preciso. Aunque pagano, ese hombre decía en ocasiones cosas buenas. La próxima vez que sientas ira respira profundamente varias veces, cuenta hasta 10 y luego di en silencio una jaculatoria al santo Job, patrono de la paciencia y la resignación". Aclaró Pirulina: "No me dejó usted terminar, padre. Acúsome de que todos los días cometo el pecado de ira. De ir a la cama con un hombre distinto cada día". (Nota: al parecer no descansaba ni los domingos ni las fechas importantes. Incluso lo hizo el pasado 13 del corriente mes, en que se recordó la toma de Tenochtitlan por los tlaxcaltecas, los texcocanos, los otomíes, los chichimecas y otros pueblos aborígenes ayudados un poco por Cortés y sus hombres. Bien se ha dicho que la Conquista la hicieron los indios, y la Independencia los españoles)... Don Poseidón oyó ciertos jadeos, acezos y exclamaciones de pasión en la sala donde su hija estaba con el novio. Bajó desde el segundo piso y ¿qué vio? A la joven pareja en unión que bien podía calificarse de íntima. Con duras palabras el genitor reprendió a Glafira, que tal era el bello nombre de la joven. "Pero, papi -se defendió ella-. Tú lo único que me prohibiste fue que me dejara besar por él, y te juro que ni un beso le he permitido que me dé"... Himenia, célibe de edad madura, invitó a cenar en su casa a don Cucurulo, provecto caballero. Ahí le ofreció una meriendita consistente en una taza de chocolate y un pastel que compró con sus propias manos, según le contó, orgullosa, a su invitado. Le dijo: "Estoy un poco inquieta, amigo mío". Inquirió don Cucurulo: "¿Puedo saber por qué?". Respondió ella, ruborosa: "Temo que aprovechando la soledad en que nos encontramos intente usted algo que ponga en riesgo mi virtud". "¡Señorita! -protestó don Cucurulo-. ¡Soy un caballero! Pertenezco a la Legión Condal, cuyo código de honor nos impone a los cofrades deberes de castidad y continencia que sólo andando ebrio me atrevería yo a romper". "¡Entonces andamos de suerte! -se alegró la señorita Himenia-. ¡Acabo de comprar una botella de tequila!"... El jefe de los antropófagos tenía en el caldero al editor asistente de The Worshire Times, quien al hacer un reportaje sobre el Continente Negro había caído en manos de una tribu de caníbales. Le dijo el jefe de los antropófagos al explorador mientras meneaba el cazo: "Alégrese, amigo. Hasta ahora ha sido editor asistente. Cuando ya esté cocinado va a ser editor en jefe"... En la oficina una de las secretarias hacía striptease sobre su escritorio, o sea que se iba despojando prenda por prenda de su ropa al compás de una música sensual mientras sus compañeras y compañeros la animaban con gritos y aplausos, y bebían alegremente cervezas y licor. Don Algón, el jefe de la compañía, le comentó a su socio, preocupado: "Creo que esto de la hora del café ya se está desvirtuando bastante"... El galán convenció a su prometida de acompañarlo a un discreto motelito fuera de la ciudad. En una de las habitaciones -la número 210- tuvo lugar el pasional encuentro. Para asombro -y deleite- del muchacho su dulcinea mostró extraordinarias dotes para el amor sensual, tanto que lo dejó ahíto, satisfecho y agotado. Le preguntó la chica al feliz novio: "Después de esto ¿todavía me vas a preguntar si sé cocinar?"... FIN.