OPINIÓN

Hambre y necesidad

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES / Catón EN REFORMA

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"¿Cuál es la diferencia entre adulterio y fornicación?". El maestro de la clase de Biblia les hizo esa pregunta a las señoras. Opinó una: "Creo que son lo mismo. Yo he cometido las dos cosas, y en las dos se siente exactamente igual"... Ya conocemos a Capronio: es un sujeto ruin y desconsiderado. El empleado de la funeraria le preguntó: "¿Qué tipo de caja le gustaría para su señora suegra?". Inquirió a su vez Capronio: "¿Tienen una caja fuerte?"... San Sebastián es el patrono celestial de los arqueros. Militar de profesión, fue jefe de la guardia personal de Maximiano, emperador de Roma. Éste, enemigo feroz de los cristianos, descubrió que Sebastián lo era, y al punto lo hizo asaetear por sus soldados. Así aparece el santo en las imágenes: casi desnudo, con sólo un trapo que le cubre las pudendas partes, atado a un tronco de árbol, traspasado por flechas todo el cuerpo. Contrariamente a lo que da a entender esa iconografía San Sebastián no murió ahí. Dado por muerto, pero aún con el aliento de la vida, lo recogió una piadosa viuda, Irene, que lo llevó a su casa y lo curó por meses hasta que sanó. Hubiera podido huir el santo, pero los santos son generalmente tercos, y lo primero que hizo Sebastián fue presentarse ante el emperador a fin de ver si el milagro de su salvación movía al sañudo monarca a convertirse al cristianismo. No lo movió a eso, sino a ordenar a sus guardias que golpearan con sus mazas al aparecido hasta hacerlo desaparecer. Ya no hubo viuda que valiera: San Sebastián vio cumplido su propósito de irse al cielo en calidad de mártir por partida doble. Tan larga hagiografía viene a cuento a propósito de un dicho mexicano que a la letra dice: "¡Cómo ha de ser santo Sebas, cuando ni calzones tiene!". El dicho dicho alude a quien hace algo sin tener méritos o recursos para hacerlo. Eso puede aplicarse al gobierno de México, país pobre, pobrísimo, que aun así destina 30 millones de dólares para salvar a El Salvador. El hambre ayudando a la necesidad, háganme ustedes el refabrón cavor. Qué parajoda, cosa mayor aun que paradoja. Cuando incontables mexicanos no saben si tendrán algo para llevarse a la boca el día de mañana; cuando en los hospitales públicos no hay medicamentos suficientes y los enfermos yacen en el suelo por falta de camas; cuando decenas de miles de burócratas fueron echados a la calle en nombre de la austeridad republicana; cuando la ciencia y la cultura, lo mismo que los estados y los municipios, sufren recortes en su presupuesto que los incapacitan para cumplir cabalmente su función, nos ponemos a enviar dinero a otros países. Todo para quedar bien con Trump y darle a ver, aunque sea con engañifas demagógicas, que estamos obedeciendo sus dictados. En cuestión de decisiones oficiales no vamos de mal en peor: estamos yendo ya de peor a pésimo... El plomero terminó de hacer su trabajo. La señora de la casa, mujer guapa que vestía sólo un negligé traslúcido, le pagó y le dijo luego, vacilante: "Hay algo más que quiero pedirle, pero no me atrevo". "Usted dirá, señora" -respondió el plomero, interesado. Con mucha pena la mujer habló: "Mi marido es un hombre bueno, ¿sabe?, pero es señor de edad, y hay cosas que ya no puede hacer. Tiene ciertas limitaciones físicas, usted me entenderá". "La entiendo, señora" -respondió el plomero, excitado. Prosiguió ella: "Usted es joven, y se ve tan fuerte. Creo que podría hacer algo por mí, siquiera por una sola vez, que mi marido ya no está en posibilidad de hacerme". Exclamó, ansioso, el plomero: "¡Haré lo que sea, señora! ¡Lo que sea!". "Muy bien -dijo entonces la mujer-. Mueva el piano y póngalo en este otro lado de la sala"... FIN.