OPINIÓN

Plaza de almas

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES / Catón EN REFORMA

Icono para compartir en redesIcono para compartir en redesIcono para compartir en redesIcono para compartir en redesIcono para compartir en redes
Dime, Armando, de qué sustancia está hecho el amor, porque tu tío Felipe no lo sabe. He tenido muchos amores. A algunos los he amado -a todos en el momento del amor-, pero como dijo San Agustín, que sabía mucho porque mucho había pecado: "Si me preguntas qué es el amor, no sé; pero si no me lo preguntas sí sé". En el curso de la vida me han sucedido muchas cosas; sin embargo, lo que te voy a contar hoy, si tienes suficiente paciencia para oírme y vino suficiente para comprenderme, es distinto a todo lo que te he contado. Era yo muy joven, y por circunstancias que tienen demasiado realismo para ser narradas me vi obligado a salir de la universidad y buscar un empleo. Cierto amigo mío acababa de renunciar a su puesto de secretario particular de un rico empresario, y me dijo que quizá yo podría ocupar su sitio. "Nomás no le digas que yo te recomendé -me aleccionó-, porque no te dará el trabajo". Le pregunté el motivo de eso y salió con evasivas. Me presenté en la oficina del señor; le mostré mis calificaciones en la facultad y los diplomas que había obtenido en concursos de poesía y oratoria. Había visto en la antesala una fotografía suya ante el Coliseo de Roma, y le hablé de un inventado viaje a Italia. Me hizo varias preguntas, algunas de las cuales respondí con verdad y otras no. Quiso saber si era casado. No lo era, claro, pero una especie de intuición me llevó a decir que sí. "Muy bien -contestó-, porque aquí pedimos formalidad, y los solteros generalmente no la tienen". Pensé en mi amigo. Era casado. ¿Por qué, entonces, había dejado ese trabajo? Voy a acelerar los acontecimientos: en la vida no se les puede acelerar, pero en el cine y la literatura sí. Obtuve el empleo. Al paso de los meses el jefe me tomó confianza, y hasta afecto, tanto que un día me invitó a cenar en su casa el sábado siguiente. "Lleve a su esposa" -me indicó. ¡Qué apuro! Yo no era casado, ya te dije. ¿Qué hacer? A una buena amiga le pedí que me acompañara y fungiera como mi mujer, pero no quiso. Entonces me acordé de una putita a la que había conocido en un burdel de categoría. La muchacha era educada, tenía buena presencia y agradable conversación. Fui a verla, le dije de lo que se trataba y aceptó ir conmigo a cambio de una buena suma. Cuando al día siguiente pasé por ella me sorprendí al verla: no parecía prostituta; parecía esposa. Vestida y maquillada con elegante discreción era la imagen perfecta de la pareja de un ejecutivo joven. A mi jefe y a su señora les cayó muy bien, y ella desempeño su papel a la perfección. Las invitaciones se repitieron. Aceleraré los acontecimientos otra vez. En una de esas cenas nos invitaron a pasar el fin de semana en la casa que tenían en Cuernavaca. Y lo que sucedió fue sin complicaciones. La primera noche hubo cena suculenta, vino abundante y al final coñac. Cuando nos íbamos ya a nuestras habitaciones el jefe me preguntó sencillamente: "¿Cambiamos?". Miré a su esposa y ella hizo un gesto afirmativo. Miré a la que pasaba por mi mujer y ella se encogió de hombros como diciendo: "Para mí es lo mismo". Al día siguiente me dijo el jefe: "Qué suerte tienes". A partir de esa vez cada fin de semana repetíamos la ida a Cuernavaca y volvíamos a hacer el cambio. Y aquí viene el acelerón final. Mi jefe se enamoró perdidamente de la putita; se divorció de su mujer y se casó con ella. A su esposa le dio todo lo que ella quiso, y a mí muchas disculpas y una espléndida cantidad a manera de indemnización por haberme quitado a mi mujer y por pedirme que me fuera. Ahora dime, Armando, de qué sustancia está hecho el amor. A veces pienso que no tiene sustancia... FIN.