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'Yo traía una .380'

  • Roberto Palazuelos pelea contra su polémico pasado para ser candidato de MC a Gobernador de QR. Foto: Especial
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04 min 30 seg
Alma Delia Murillo
La pasarela de personajes vergonzantes y perturbadores en México es tal que pareciera que esperamos el advenimiento del peor mesías de la historia, que estamos por ver el cumplimiento de una oscura profecía, el Ecce Homo de la inmoralidad política de nuestro tiempo.

La competencia es dura entre las declaraciones misóginas, clasistas y violentas de Salinas Pliego, las andanadas de Andrés Manuel contra todo aquel que considere adversario y el escándalo de la precandidatura de Roberto Palazuelos por el Partido Movimiento Ciudadano para la gubernatura de Quintana Roo.

Señores con poder, acostumbrados al reinado del autoritarismo, el dinero y las armas. Puras y duras manifestaciones del patriarcado más rancio que unen a esos personajes más de lo que a ellos mismos les gustaría reconocer. Pero lo cierto es que nos recetan un día sí y otro también sus declaraciones y con ello siguen definiendo el rumbo de la conversación pública.

Todos vimos y escuchamos ese video de Roberto Palazuelos donde, con una pretendida simpatía que francamente no consigue (es un petardo sin medio gramo de carisma) declara que traía una 380, a un teniente del Ejército, a un amigo colombiano mafiosón con una 9 milímetros más chueca que él y que "matamos al gordo, matamos a otro güey".

Cuando dice eso, el ¿entrevistador, anfitrión?, pregunta "¿mataste uno?" y Palazuelos responde: "Todos, güey, todo el mundo le dio a todo el mundo".

Hay un detalle de ese preciso momento del video que me perturba más que el resto: Yordi Rosado se ríe, divertido, entretenido, alegre.

Ahí, en esa risa que es referente para millones de personas que durante generaciones han mamado el contenido zafio, insulso, pobre y burdo de Televisa, está el resorte que, me parece, vuelve peligroso a este esperpento. Porque por esos millones de televidentes y millones de clics en las notas periodísticas, es que un sujeto como Palazuelos resulta atractivo para el partido que lo postula, para los medios que lo promueven y, finalmente, para quienes podrían votarlo.

No alcanzamos a medir el peso que la televisora tuvo y seguirá teniendo en la identidad de este país. Han posicionado candidatos y presidentes a placer, distorsionado realidades y banalizado todos los temas que tocan configurando un burdo sentido del humor construido a base de pastelazos, albures, bromas retrógradas sobre la homosexualidad, usado botargas imbéciles para infantilizarlo todo, hipersexualizado mujeres convertidas en tetas, piernas y culos agrandados en una lente que mira, muestra y normaliza en horarios para toda la familia un universo profundamente tóxico.

Roberto Palazuelos ganó fama ahí, en ese caldo de telenovelas que cuentan historias de ricos hacendados o señores feudales enamorados, mujeres indigentes que se vuelven acaudaladas gracias al amor de un empresario que las rescata de la pobreza y seres malignos caricaturizados que quieren destruir su felicidad; o reality shows que muestran las conductas más grotescas como una forma aspiracional de ser "cool". Esa cultura es la que ha formado la mirada de muchísimos mexicanos.

Pero también es justo reconocer que hoy, lo que hacen prácticamente todos los medios es alienarse a la era impúdica donde no hay ética de límites claros. Con y sin Televisa todas las lentes convergen y muestran lo que sea: el ridículo, la violencia, lo indignante. Cualquier cosa que gane impresiones de pantalla, votos, ventas, likes, reproducciones del video, posicionamiento y aplausos, encontrará un espacio en medios impresos y digitales. Por eso triunfan los Palazuelos como precandidatos, los Luisito Comunica como vendedores de libros y los Cuauhtémoc Blanco como presidentes municipales.

Cuando Palazuelos suelta esta amenaza, está pintando de cuerpo entero la conducta revanchista de la que, una elección tras otra, hacen gala quienes llegan a los gobiernos:

"Ninguna guerra sucia me va a parar y todas esas gentes que están difamándome, que están diciendo cosas, yo estoy apuntando, eh, no crean que no estoy apuntando, estoy apuntando y estoy tomando nota, ya llegará el momento, cuando yo sea titular del Ejecutivo, que ajustemos cuentas".

Insisto, sería un mero divertimento que ese actor de televisión con semejante carrera anodina e impulsos exhibicionistas fuera un loco hablando al vacío: el problema es que tiene audiencia.

La fama asegura clics, votos y ventas. Y risas, grabadas o espontáneas. El peligroso mecanismo de la risa ante la violencia. El peligroso mecanismo de la admiración ante la violencia. Para muestra el corrido de Palazuelos donde se ensalzan sus "virtudes" como "amigo de presidentes, hombre muy valiente que lo ha demostrado a balazos y que aspira a ser el Al Capone mexicano".

"Se armó una puta balacera, una pinche balacera de su chingada madre", relata con orgullo -y lo seguirá haciendo mientras haya quien lo escuche-, el aspirante a showman y a titular del Ejecutivo que vive en un país con más de cuatro mil fosas clandestinas; que cuenta más de cien mil asesinatos y más de veinte mil personas desaparecidas en los últimos tres años.

Sería gracioso si no fuera sintomático del horror. Insoportable.
Hora de publicación: 05:00 hrs.
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