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El costo de no escuchar



Carlos Bravo Regidor
en REFORMA


El 30 de diciembre pasado Li Wenliang, médico residente en el Hospital Central de la ciudad de Wuhan, envió una nota a un chat privado avisando que varios trabajadores de un mercado local de fauna viva estaban internados en su hospital por haber contraído un nuevo virus muy contagioso. Su mensaje comenzó a compartirse en redes sociales. Al poco tiempo, la policía lo arrestó. Dos días después fue liberado, pero para ello tuvo que firmar una carta en la que se comprometía a dejar de "difundir rumores" y "perturbar el orden social", so pena de ser "disciplinado por la ley". Durante las siguientes semanas el gobierno chino trató de impedir que se supiera lo que estaba pasando: castigando al personal médico que denunciara, acallando testimonios y ocultando la evolución del contagio no de animales a humanos sino ya entre humanos sin contacto con animales. Con todo, el número cada vez mayor de casos, los cuestionamientos de la prensa extranjera y una creciente intranquilidad social terminaron forzando al régimen de Xi Jinping, el 20 de enero, a admitir públicamente la gravedad de la epidemia y a desplegar políticas severísimas para hacerle frente. El 30 de enero, mismo día en que la Organización Mundial de la Salud declaró "emergencia sanitaria global", Wenliang dio positivo en una prueba. La siguiente semana, cuando ya se reportaban casi 35 mil contagios y 722 muertes en China, así como brotes confirmados en 27 países de todos los continentes salvo África, el doctor Wenliang murió. Era apenas 7 de febrero.

Hace varios años Amartya Sen, filósofo y economista que ganó el Nobel en 1998, desarrolló una brillante explicación sobre las hambrunas que viene muy a cuento de esta historia. Su argumento, en breve, es que las hambrunas no son tanto un fenómeno económico, derivado solo de la escasez de alimentos o la pobreza, sino más bien un problema político, provocado además por la alienación de los gobernantes respecto a los gobernados, así como por la falta de mecanismos de sanción social y rendición de cuentas. Los gobernantes nunca pasan hambre ni en los países más pobres, dice Sen, pero las hambrunas solo ocurren en países con regímenes autoritarios. ¿Por qué? Porque en ellos no hay medios de comunicación libres, partidos de oposición reales ni elecciones genuinas que presionen a los gobernantes a actuar eficazmente para prevenir que un grupo de la población muera de hambre -o a tener que habérselas con las consecuencias de no hacerlo.

En el contexto de la emergencia por el Covid-19, Sen ha vuelto a su argumento para enfatizar que una cosa es librar una guerra y otra luchar contra una calamidad (por ejemplo, una hambruna o una pandemia). En la guerra se necesita disciplina, decisiones de arriba hacia abajo, órdenes que no pueden ser transparentes ni estar sujetas a debate. Lo que se requiere para enfrentar una calamidad, en cambio, es libertad de expresión, discusión pública y que el gobierno tome decisiones de abajo hacia arriba, es decir, siempre escuchando "cuáles son los problemas, dónde están exactamente y cómo afectan a las víctimas" (https://bit.ly/3cuQApN).

En lugar de atender a las voces ciudadanas que alertaban desde el interior de los propios hospitales contra una amenaza clara e inminente, las autoridades chinas optaron no solo por desestimarlas, sino por amedrentarlas y hasta reprimirlas como si fueran las voces de un enemigo atacando al país. Para decirlo en los términos de Sen, China respondió declarándoles la guerra a quienes solo estaban advirtiendo las primeras señales de una calamidad. El autoritarismo mata. Hoy el mundo sería muy distinto si, lejos de querer controlar la situación a través de la censura y el miedo, el gobierno chino hubiera reconocido el valor de la información que esas voces estaban dando a conocer como un recurso estratégico para identificar una pandemia en ciernes e instrumentar medidas para atajarla antes de que fuera demasiado tarde. El costo, ahora, lo está pagando la humanidad entera.

 
 
@carlosbravoreg
 
 
 
 


Carlos Bravo Regidor (Ciudad de México, 1977). Estudió Relaciones Internacionales en El Colegio de México e Historia en la Universidad de Chicago. Es profesor-investigador asociado en el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), donde además dirige el Programa de Periodismo.

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