OPINIÓN

Putin adivina el cansancio de Occidente, que sólo se atreverá a las sanciones

Humillados y ofendidos

Jorge Volpi EN REFORMA

3 MIN 30 SEG

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El enorme oso trastabilla en medio del último bosque primordial enclavado en el oeste bielorruso: en una dacha cerca de Viskuli, un tambaleante Borís Yeltsin, presidente de la República Socialista Federativa de Rusia, se acomoda al lado de sus colegas de las repúblicas socialistas de Bielorrusia, Stanislav Shushkévich, y de Ucrania, Leonid Krávchuk, y los tres intercambian sus firmas en el documento con el cual disolverán formalmente la Unión Soviética. Con los ojos inyectados en sangre a causa del desvelo y el alcohol, aquel 8 de diciembre de 1991 Yeltsin obtiene al mismo tiempo su pírrica victoria contra Mijaíl Gorbachov, a quien el acuerdo convierte en una figura de paja: el 25 del mismo mes no tendrá otro remedio que renunciar a la Presidencia de la URSS, cuya bandera con la hoz y el martillo ondea por última vez en el Kremlin.