OPINIÓN

La majestad de lo mínimo

ANDAR Y VER / Jesús Silva-Herzog Márquez EN REFORMA

3 MIN 30 SEG

Icono para compartir en redesIcono para compartir en redesIcono para compartir en redesIcono para compartir en redesIcono para compartir en redes
En un ensayito sobre El barón rampante, de Italo Calvino, Fernando Fernández reflexionaba sobre los caprichos de la memoria. Algo le parecía extraño en su reconstrucción de la novela. No escuchaba pájaros en ese relato de un hombre que pasó casi toda su vida en la copa de los árboles. No recordaba aves, pero ubicaba perfectamente en qué biblioteca pública española lo había leído y todas las características de la edición en que lo releyó años después, en México. Al reencontrar la novela se percató que, lejos de lo que recordaba, la novela del italiano estaba repleta de pájaros. El ensayito que puede leerse en Contra la fotografía de paisaje es buena muestra de la aproximación de Fernández a la lectura. Sin jerga teórica, el lector comparte esos gozos que se vuelven parte de la vida misma. El lector no puede desprender de su recuerdo las marcas de la portada y de la edición, el grosor de las páginas, las erratas que se cuelan entre los párrafos. La fisonomía del libro encuentra en él un retratista atentísimo. Y no es solamente el cuerpo del libro lo que retiene, sino el mundo de asociaciones que despierta el texto: la persona con quien lo comentó por primera vez, la persona que dio la pista para el hallazgo, la librería donde apareció ese poemario, sin haberlo buscado. Cuando, a los 16 años, Fernando descubrió a Borges, recuerda que el Concorde volaba por los cielos del Distrito Federal.